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Medio ambiente
22 de enero de 2018
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Miércoles, 02 de marzo de 2016
Carmen Mora
Hamburgo veta las cápsulas de café
La segunda mayor ciudad alemana es la primera en el mundo que prohíbe el uso de estos envases perjudiciales para el medio ambiente en edificios públicos
En el 95% de los casos los minienvases están hechos de plástico y aluminio / Foto: D. Staerk En el 95% de los casos los minienvases están hechos de plástico y aluminio / Foto: D. Staerk

Las cápsulas de café de un solo uso dominan el mercado. Pero los consumidores obtienen rápidamente y con el mínimo esfuerzo su dosis diaria de cafeína, envuelta en un sabor y un aroma insuperables, sin ser conscientes del problema medioambiental que generan, que ha llevado a la ciudad alemana de Hamburgo a prohibir el uso de estos pequeños envases de aluminio en los edificios públicos en una iniciativa pionera en el mundo.

"Las cápsulas de café no se pueden reciclar fácilmente porque mezclan plástico y aluminio. Son seis gramos de café y tres gramos de envoltorio. En Hamburgo creemos que este producto no debe ser pagado con los impuestos de los contribuyentes", afirman desde el Departamento de Medio Ambiente y Energía de la segunda urbe más grande del país. En Alemania, el 13% de la población consume café por medio de este sistema.

Desde 2011 el gasto en este tipo de pequeños recipientes se ha más que triplicado

Los envases monodosis de café, té, chocolate o leche tienen un ciclo de vida muy corto que conlleva un elevado consumo de recursos y una generación de residuos innecesarios, con lo que se ha creado un nuevo problema ecológico donde no lo había (como en el caso de las toallitas húmedas). Lejos de oponerse, la mayoría de consumidores, bombardeados por el marketing y los encantos de George Clooney, han aceptado el producto y lo han incorporado a su rutina diaria sin plantearse qué pasa con las cápsulas que tiran a la basura.

Desde su irrupción en el mercado, el consumo de cápsulas monodosis no ha hecho más que aumentar de forma imparable, principalmente en Estados Unidos y Europa Occidental: desde 2011 el gasto en este tipo de pequeños recipientes se ha más que triplicado y en 2013 su uso superó al de las cafeteras tradicionales de goteo.

Los fabricantes de café, como los líderes del sector Nespresso y Nescafé Dolce Gusto (ambas del gigante suizo de la alimentación Nestlé) y la compañía estadounidense Keurig Green Mountain, no quieren perder tan lucrativo negocio y afirman que trabajan para aumentar el volumen de reciclaje de las cápsulas, fabricadas en el 95% de los casos con una mezcla de plástico y aluminio, que se depositan junto con los residuos orgánicos del café, lo que las hace muy difíciles de reciclar en la mayoría de plantas.

Versiones biodegradables

Nespresso lanzó su propio programa de reciclaje y ha creado una limitada red de puntos de recogida de cápsulas usadas. Y en Estados Unidos, Keuring, se ha comprometido a hacer sus minienvases, conocidos como K-Cups, 100% reciclables para el año 2020. Detrás de esta promesa está la presión de la campaña Kill the K-cup. Incluso el propio inventor de las K-Cups, John Sylvan, llegó a afirmar que desearía no haberlas creado debido a su nefasto impacto ambiental.

Existen otras compañías que ya han empezado a trabajar para hacer sus productos más sostenibles. El año pasado, la italiana Caffè Vergnano añadió a su oferta de cápsulas una que sirve para hacer compost (hay que tirarlas al contenedor de residuos orgánicos). Y han surgido otras empresas más pequeñas que ofrecen versiones biodegradables elaboradas a partir de fibras de origen vegetal, que también son compatibles con las máquinas Nespresso, como la francesa Ethical Coffee.

El reciclaje debe ser siempre la última opción para reducir el volumen de residuos

Pero el reciclaje debe ser siempre la última opción para reducir el volumen de residuos: la primera es generar menos. De ahí, la estrategia que ahora aplica el consistorio de Hamburgo, que también ha vetado el uso de agua embotellada, los platos desechables y los productos de limpieza con cloro en los edificios que dependen de él. Además de fomentar el uso de la bicicleta y del transporte público entre sus trabajadores.

Todas estas medidas están incluidas en la Guía de compra verde, un documento de unas 150 páginas en el que se detalla qué productos podrán adquirirse desde la administración con el dinero de los contribuyentes y cuáles no, teniendo en cuenta no sólo el precio sino también el impacto ambiental. Las autoridades de Hamburgo dedican 250 millones de euros anuales a la compra de bienes, productos y servicios.

Con la elaboración de la guía, lanzada en enero, también se pretende enviar un mensaje a los ciudadanos y a las empresas privadas: “Con un poder de compra de varios cientos de millones de euros al año, la ciudad puede ayudar a que los productos nocivos para el medio ambiente se compren con menos frecuencia y conseguir que los productos sostenibles tengan más aceptación en el mercado. El objetivo es ampliar significativamente la proporción de productos amigables con el ambiente, contribuyendo así a la protección del clima”, afirma el responsable de Medio Ambiente y Energía de Hamburgo, Jens Kerstan. Todo un ejemplo a seguir.

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