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Medio ambiente
22 de enero de 2018
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Martes, 08 de abril de 2014
Joan Canela
La amenaza de las 'megagranjas'
El aumento del consumo de carne en el Reino Unido e Irlanda impulsa la construcción de enormes instalaciones para la cría de ganado porcino y vacuno o de salmones
Cerdos hacinados en una granja industrial / Foto: Farms Not Factories Cerdos hacinados en una granja industrial / Foto: Farms Not Factories

La agricultura británica se encuentra en puertas de entrar en una nueva era con el establecimiento de las megagranjas de cerdos, vacas y salmones. El año pasado, el Gobierno de Londres expresó su respaldo directo y decidido a las explotaciones a gran escala, proyectos como el de una explotación porcina para 25.000 animales en Derbyshire, en el norte de Inglaterra, y una productora lechera de 1.000 vacas en el País de Gales. En Irlanda se registra una situación similar con los planes para construir una de las mayores granjas de salmón del mundo en la bahía de Galway –en la costa oeste de la isla–, capaz de doblar de un solo golpe la actual producción del país.

Las grandes empresas agroalimentarias y los miembros del Gobierno insisten en que la introducción de estas inmensas instalaciones ofrecerá una solución al “apetito voraz” de las islas por la carne barata, aumentando la producción, manteniendo o mejorando los niveles de bienestar de los animales y sin afectar el medio ambiente.

Un proyecto prevé una explotación con 25.000 cerdos en el condado de Derbyshire

Una portavoz del Departamento de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales, declaró: “El aumento de la eficiencia de la producción nos ayudará a satisfacer la creciente demanda de alimentos. Esto se puede hacer a cualquier escala y de formas que realmente ofrecen beneficios ambientales. Las granjas a gran escala están obligadas a cumplir las mismas normas ambientales y de bienestar animal que el resto de explotaciones ganaderas del Reino Unido”.

Pero una amplia alianza de colectivos ecologistas, defensores de los derechos de los animales, asociaciones de pequeños productores y comunidades locales afectadas se ha movilizado para oponerse a lo que consideran una carrera hacia las granjas industriales por todo el país.

Una innovadora campaña, Farms not factories (Granjas, no fábricas), que mezcla el activismo con el periodismo ciudadano, está consiguiendo poner el foco del debate en la amenaza que este modelo supone para el paisaje, la agricultura, las comunidades rurales y la dignidad de la vida de los animales.

Comida barata

“No tiene sentido poner en peligro nuestro campo y nuestra costa para conseguir una comida un poco más barata a corto plazo. Vamos a terminar pagando un alto precio”, argumenta Peter Mond, director de políticas de la ONG ambientalista Soil Association.

Entre los posibles problemas esgrimidos en la campaña contra las megagranjas se incluyen los riesgos para la salud pública, los daños medioambientales, el hundimiento de la estructura económica que mantiene vivas las zonas rurales y un modelo agroalimentario totalmente incompatible con la soberanía alimentaria.

La concentración de miles de cerdos en un espacio limitado favorece la rápida propagación de enfermedades que pueden amenazar al conjunto de la inmensa piara. Para evitarlo, la ganadería intensiva les proporciona una gran cantidad de antibióticos que son suministrados de forma preventiva junto con los piensos de los animales. Naturalmente, la mayor parte de estos medicamentos son expulsados por medio de las heces y vía aguas residuales pueden contaminar acuíferos y fuentes de agua de las que se abastecen las poblaciones locales.

El modelo supone un obstáculo para conseguir la soberanía alimentaria

Y una exposición constante a estos antibióticos genera resistencias que pueden dificultar, más tarde, el tratamiento de enfermedades en los seres humanos. Asimismo, la emisión de gases y el olor de tan gran concentración de cerdos puede provocar nauseas, irritación o problemas respiratorios a los residentes cercanos.

Además, unas granjas es estas dimensiones consumirían ingentes cantidades de comida, agua y energía y modificarían severamente el paisaje. Para ser rentables, también precisarían de una gran cantidad de pesticidas y fertilizantes. Es un concepto de producción alimentaria que depende en gran medida del precio del petróleo, incrementa las emisiones de efecto invernadero y fomenta la deforestación.

En el caso de la acuicultura, la producción a gran escala de salmón y trucha criados en cautividad pone en peligro a las poblaciones silvestres de estas especies, se facilita la introducción de parásitos en los ejemplares salvajes y se genera una seria contaminación de las aguas por las deposiciones de tan grandes concentraciones de peces.

Los partidarios de la ganadería tradicional defienden un modelo productivo más disperso por el territorio, basado en la pequeña empresa y que emplee más trabajadores. Uno de los secretos que permiten a las megagranjas reducir sus costes de producción es su menor necesidad de mano de obra, que además queda más concentrada.

Reparto de la riqueza

Mientras, el modelo tradicional permite mantener vivas las comunidades rurales en un sistema de creación de riqueza más horizontal y repartido y con ventajas intangibles como evitar la despoblación rural y la destrucción paisajística y fomentar el reequilibrio territorial.

En Inglaterra, país con gran tradición de defensa de los derechos de los animales, resuena con especial fuerza el argumento del bienestar animal. Para muchos colectivos, los cerdos son animales muy inteligentes que son confinados, maltratados y explotados para conseguir una mayor productividad. El actor Roger Moore, firmante de un manifiesto contra el proyecto de megagranja en Derbyshire, definió estas instalaciones como “campos de concentración para los animales”.

Finalmente, frente a este modelo se opone el concepto de la soberanía alimentaria, en el que se prima la producción nacional para hacer frente a las necesidades nutricionales de la población y no las ansias económicas de unas pocas y muy grandes corporaciones agroalimentarias que con frecuencia trabajan para la exportación.

Las piaras gigantes generarán una fuerte contaminación por purines y malos olores

Es fácil deducir que es imposible que Inglaterra produzca suficientes piensos para tantos miles de cerdos y vacas, sino que estos serán importados desde grandes plantaciones intensivas en América del Sur o el Sudeste Asiático. Esta dependencia de proveedores externos hace que el modelo resulte extremadamente frágil y que aumente la dependencia alimentaria británica.

Midland Pig Producers, la empresa que se encuentra tras el proyecto de Derbyshire, tiene sus propios argumentos, lógicamente contrarios. La granja gigante, asegura, cumplirá con todos los requisitos medioambientales y de bienestar animal fijados por la legislación. Es más, desde su punto de vista, el mayor tamaño de la granja permitirá implementar nuevas tecnologías para gestionar problemas de gases y residuos, que harán posible eliminar el mal olor y convertir los purines en un gas metano que haría de sus instalaciones unidades energéticamente autosuficientes. Además la granja será pionera en pocilgas con “libertad de parto”, que permitirán a cerdas y lechones mayor movimiento dentro de la reclusión.

La Asociación Nacional del Cerdo niega que Derbyshire represente la industrialización de la ganadería. En su opinión, este tipo de infraestructuras ofrecen la posibilidad de aumentar la producción de carne de cerdo del Reino Unido sin renunciar a normas más estrictas de bienestar más que sus competidores europeos o estadounidenses (en éste último país no son raras explotaciones porcinas incluso mucho más grandes, hasta de 100.000 animales).

“Grande no significa necesariamente malo para la cría de cerdos. En Derbyshire se aplicarán la tecnología y las técnicas que aseguren un mejor nivel de bienestar de los animales y el medio ambiente”, manifestó un portavoz de la organización patronal.

Lo cierto es que la demanda de carne ha aumentado rápidamente en el Reino Unido y que se registra una fuerte presión del mercado para que bajen los precios. Pero el verdadero núcleo del debate –que por ahora ambas partes esquivan– sería discutir hasta qué punto es sostenible un nivel de consumo cárnico como el actual, y ya no digamos uno mayor. Y no sólo por problemas productivos, económicos o medioambientales, sino por la propia salud de los consumidores.

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