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Medio ambiente
16 de julio de 2018
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Martes, 01 de marzo de 2016
Paloma Domínguez
Adiós al Poopó
El hasta ahora segundo mayor lago de Bolivia, de más de 2.000 quilómetros cuadrados, se seca por el cambio climático, los fenómenos del Niño y la Niña y las explotaciones mineras
En enero, desaparecía uno de los humedales más importantes de la región / Foto: Olivier Hodac En enero, desaparecía uno de los humedales más importantes de la región / Foto: Olivier Hodac
Entre las montañas de los Andes, en el altiplano boliviano, a 3.686 metros de altura, se extendía una masa de agua salobre del tamaño de las islas de Tenerife y La Gomera juntas. Ahora ya no queda nada. Solamente un desierto de sal moteado por esqueletos de pájaros, peces y plantas secas, con barcas abandonadas por doquier. Ese desierto es el cadáver del gran lago Poopó.

A mediados de diciembre de 2015, una expedición organizada por varios periódicos y organizaciones ambientales bolivianas se encontraron tan solo tres pequeños humedales donde antes había estado el segundo mayor lago del país tras el Titicaca. Así lo confirmaban en enero las imágenes de los satélites de la NASA y la ESA (agencias espaciales estadounidense y europea, respectivamente, por sus siglas en inglés). El Proba-V había tomado fotografías del lago en 2014 y 2015. Todas ellas mostraban una tendencia a la reducción de su superficie. En 2016, los más de 2.300 kilómetros cuadrados de lámina de agua habían desaparecido casi por completo. En enero, el gobierno boliviano declaraba el lugar zona catastrófica.

Más de 70 especies de aves han perdido su hábitat y todos los peces han muerto

Ya era tarde. El lago Poopó se había secado y con ello desaparecía uno de los humedales más importantes de la región. La fauna y flora de la zona (buena parte de esta última, endémica) se han visto fuertemente afectadas por el desastre: más de 70 especies de aves migratorias y de playa han perdido su hábitat, entre ellas el zampullín del Titicaca, el flamenco chileno y el cóndor andino, ambos en peligro de extinción. Los peces no han tenido tanta suerte. Sin poder huir a ningún otro lugar, han muerto todos.

La desertificación del lago no sólo ha afectado a plantas y animales, sino también a los seres humanos. La zona antes sustentaba a numerosas familias de pescadores, pero más de 100 ya han emigrado a otras partes de Bolivia para buscar trabajo. “No hay futuro aquí”, se lamenta Juvenal Gutiérrez, de 29 años, que ha decido también marcharse.

Con ellos también se pierde una forma de vida. La cultura Uru, una de las más antiguas de Sudamérica, tiene uno de sus pocos enclaves en el lago Poopó, donde se dedicaba a la pesca, caza y recolección. Por ello, la CEPA (Centro de Ecología y Pueblos Andinos) defiende que sus integrantes sean considerados refugiados climáticos. El gobierno boliviano ha empezado a repartir ayuda humanitaria (más de 3.000 familias se han beneficiado ya de ella), y también se están explorando soluciones a largo plazo para intentar mantener a la población. Andrés Choque, asambleísta, plantea “implementar algunos proyectos alternativos, como microrriego, carpas solares, perforación de pozos y lagunas artificiales". 

Diversos factores se han conjugado para dar como resultado la desaparición del lago Poopó. El más importante es el cambio climático, ya que ha alterado los ritmos naturales de los fenómenos del Niño y la Niña. Ambos solían tener un ciclo de siete años, suficientes para que el lago Poopó pudiera recuperar sus aguas tras las sequías que siempre habían venido provocando.

Hoy en día, sin embargo, estas fases se han acortado a tres o cuatro años, por lo que el lago empezó a encogerse debido a la falta de aportaciones hídricas. Mark B. Bush, biólogo en el Instituto Tecnológico de Florida (Estados Unidos), advertía en un estudio de 2010 que Bolivia podría ser víctima de sequías catastróficas en este siglo, además de augurarle para el futuro un “clima árido e inhóspito”. No ayuda tampoco que este año el país no haya recibido aún las tan ansiadas lluvias, que normalmente llegan entre diciembre y marzo.

Metales pesados

El calentamiento global está detrás del incremento de la temperatura del agua en el lago que, al tener una superficie tan amplia pero de poca profundidad (una media de 2,4 metros), ha propiciado una más intensa evaporación. Según un estudio de diciembre de 2015 financiado por la NASA y la también norteamericana Asociación Nacional para la Ciencia, no se trata de un hecho aislado. A través del estudio de las temperaturas de 235 lagos durante 25 años, llegaron a la conclusión de que estas masas de agua se habían calentado una media de 0,34 grados centígrados, mucho más que los océanos y la atmósfera.

La coautora del estudio Stephanie Hampton, directora del Centro Universitario del Estado de Washington para la Investigación, la Educación y el Compromiso Medioambiental señalaba que “la sociedad depende del agua de la superficie para la gran mayoría de usos humanos. No sólo para beber, sino también para la industria, producción de energía o irrigación de nuestras cosechas. Y las proteínas de los peces de agua dulce son especialmente importantes en el mundo en desarrollo”.

Bolivia pide ayuda a la UE para dragar los ríos y construir plantas de tratamiento de aguas

El lago Poopó tiene pocos afluentes, los más importantes el río Márquez y el río Desaguadero, que aporta el 92% del agua y que actualmente está obstruido por acumulaciones de sedimentos. Este último, conecta el Poopó con el lago Titicaca, que tiene su nivel controlado por compuertas reguladoras. De hecho, en 2013 un estudio alemán del consorcio Gitec-Cobodes determinó que el Poopó estaba recibiendo 161 millones de litros de agua menos de los que necesitaba para mantenerse.

La minería, segunda exportación de Bolivia por detrás del gas natural, también tiene parte de culpa. Más de 100 minas arañan el paisaje del departamento de Oruro, donde se situaba el lago, usando parte del caudal de los ríos que alimentan el Poopó y vertiendo sin control los residuos de su actividad. Después de que miles de peces aparecieran muertos en el lago en 2014, la Universidad Técnica de Oruro realizó un estudio que halló niveles altos de metales pesados en el Poopó, entre ellos cadmio y plomo. Aun así, las aguas del lago se han seguido utilizando para el riego agrícola, lo cual también ha contribuido a la catástrofe.

Ángel Flores, responsable de la Coordinadora en Defensa de la Cuenca del Río Desaguadero, los lagos Uru Uru y Poopó (CORIDUP), se queja de la inacción de las autoridades: “Se podía haber hecho algo para prevenir el desastre. Las empresas mineras han estado desviando agua desde 1982”. De hecho, existía un convenio de 2010 con la Unión Europea para proteger el lago, aunque muchos critican la gestión del mismo. “Se ha despilfarrado y no se ha conseguido nada”, comenta el ex prefecto de Oruro Luis Aguilar.

A pesar de que el Poopó ya se había secado anteriormente (la última vez en 1994), siempre había vuelto a la vida. Ahora, Bolivia ha pedido a la Unión Europea 20 millones de euros para construir plantas de tratamiento de aguas y para dragar los ríos tributarios del Poopó, especialmente el Desaguadero. Aun así, la mayoría son pesimistas: “No creo que volvamos a ver el espejo azul del Poopó”, se lamentaba Milton Pérez, un investigador de la Universidad Técnica. “Creo que esta vez lo hemos perdido”.

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