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Medio ambiente
22 de septiembre de 2018
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Martes, 18 de marzo de 2014
Joan Canela
¿Es potable el agua del grifo?
La presencia de medicamentos en el líquido que llega a nuestras casas, no controlada por las redes públicas, supone un riesgo para la salud y el entorno
Los análisis que pasa el suministro de la red no identifican todos los contaminantes / Foto: Heidi Kristensen Los análisis que pasa el suministro de la red no identifican todos los contaminantes / Foto: Heidi Kristensen
Actualmente no se controla la presencia de fármacos en el agua que distribuyen las redes públicas. Sin embargo, todos los análisis que se realizan a nivel local detectan la presencia de trazas importantes de medicamentos, que pueden incluir antibióticos e incluso otros más potentes, como los antidepresivos aunque, por suerte, en menor proporción.

Las organizaciones medioambientales están cada vez más preocupadas por los efectos de esta contaminación para los ecosistemas y la salud humana. Y, por primera vez, la industria del tratamiento y distribución del agua parece estar dispuesta, también, a considerar nuevas medidas para evaluar la calidad del líquido que llega a nuestros hogares.

Como consecuencia directa del cada vez mayor consumo de productos farmacéuticos en las sociedades ricas, las aguas superficiales contienen muchas sustancias terapéuticas, entre las que se cuentan también productos veterinarios usados masivamente por el sector ganadero.

Los fármacos proceden del consumo doméstico y de tratamientos veterinarios ganaderos

Nuestro organismo rechaza más de la mitad de los principios activos suministrados por los fármacos y el resultado es que dicha parte acaba en las aguas residuales, que las plantas de tratamiento de aguas superficiales no están diseñadas para tratar. La existencia de este tipo de contaminación está claramente demostrada, pero todavía no está sujeta a una reglamentación específica.

La propuesta de la Comisión Europea de revisión de la vigente Directiva Marco del Agua, realizada este verano, no incluyó las drogas entre las 50 sustancias cuya vigilancia en el agua es prioritaria. “La oposición de los Estados miembros fue más fuerte”, se lamentó entonces Martina Mlinaric, de la Oficina Europea de Medio Ambiente (EEB por sus siglas inglesas), para quien la negativa de los gobiernos a controlar la presencia de estos productos pone de manifiesto “la falta de respeto por la evidencia científica que demuestra el impacto de estas sustancias en los ecosistemas acuáticos”.

Si el Parlamento Europeo votó en 2012 a favor de incluir los fármacos en el control de la calidad del agua “basándose en la evidencia científica que estos pueden presentar riesgos para la salud”, afirma, los estados continúan alegando una supuesta “incertidumbre” desde el punto de vista de la ciencia al respecto.

En Francia, el último informe de la Agencia Nacional para la Seguridad Alimentaria, Medio Ambiente y Trabajo (Anses), publicado en febrero de 2013, llegó a la conclusión de que, efectivamente, los riesgos para la salud humana de esta contaminación son insignificantes.

Toxicidad crónica

Pero la agencia reconoce una falta de datos sobre la exposición a la toxicidad crónica y su correcta evaluación. El informe no convence a las ONG medioambientales. Éstas son más propensas a considerar la evidencia de los efectos nocivos de los fármacos, en particular los disruptores endocrinos (SAE), cuyos efectos son acumulativos.

Para France Nature Environnement, una de las ONG más importantes del país vecino, hay que tener en consideración que “los riesgos para los seres humanos no se conocen, pero hay sospecha sobre la resistencia a los antibióticos y las alteraciones endocrinas”.

“Hoy en día, ¿es potable el agua?” se pregunta públicamente André Cicolella , fundador de la Red para la Salud Ambiental. Para este toxicólogo, los criterios de potabilidad vigentes están obsoletos: “Los análisis bacteriológicos ya no son suficientes, el verdadero problema hoy es la contaminación del agua por productos químicos”, proclama.

Cicolella firma que los mismos métodos de análisis que se utilizan son inadecuados y que es preciso cambiar los parámetros de la toxicidad del agua. El riesgo se considera irrelevante debido a que se trata sólo de trazas farmacológicas, dice Cicolella, pero la acción hormonal de las SAE puede tener efectos aún en dosis muy bajas.

Un análisis sustancia a sustancia sería igualmente ineficaz, ya que no tendría en cuenta los "efectos cóctel". Por ejemplo, el informe de Anses tenía en cuenta sólo dos fármacos, mientras que se han encontrado más de 160 en el agua, algunos de los cuales pueden interactuar entre sí.

En Francia sólo se analizaron dos sustancias de entre más de 160 detectadas

Por su parte, la industria del tratamiento de aguas ya está trabajando para evaluar la toxicidad biológica del elemento, es decir, para medir los efectos tóxicos directamente sobre los organismos que viven en la misma en lugar de buscar sustancias tóxicas en su composición.

“Teniendo en cuenta la dificultad de rastrear miles de moléculas, la tendencia camina hacia una comparación completa de la toxicidad, en vez de hacerlo sustancia a sustancia”, explica David Boris, director de Medio Ambiente y Calidad del Agua en Veolia Eau, una de les principales multinacionales del sector.

Para llevar a cabo estos análisis, las empresas cada vez tienen más herramientas a su disposición. Veolia también desarrolla sus propias técnicas, algunas realmente innovadoras, como el llamado proyecto Watchfrog, que utiliza una rana fluorescente para controlar la presencia de microcontaminación. “Nuestros clientes no están dispuestos a pagar por el tratamiento de las drogas en el agua, pero sí quieren entender mejor su impacto sobre el medio ambiente”, dice Boris.

El coste del tratamiento es uno de los principales frenos a la regulación de la presencia de medicamentos en el agua. Los métodos de eliminación de estas sustancias implican “un incremento prohibitivo” reconoció Martina Mlinaric. Esto explicaría, en parte, la resistencia de la Unión Europea a legislar sobre el tema.

Una posible solución pasaría por una regulación más estricta de las condiciones de autorización de nuevos medicamentos, que deberían tener en cuenta su impacto en el medio ambiente, un punto sobre que, por el momento, prefieren no manifestarse las asociaciones europeas de la industria farmacéutica, cuya capacidad de influencia sobre el mundo político no es menor.

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