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Medio ambiente
25 de mayo de 2018
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Miércoles, 27 de noviembre de 2013
Joaquim M. Pujals
Un gigante amenazado
El Proyecto Rorcual, impulsado por un grupo de jóvenes investigadores, trata de descubrir cómo se comporta la segunda mayor ballena del mundo en el Mediterráneo
Un rorcual común filmado desde un helicóptero frente a Sitges (Barcelona) / Fotograma: Barcelona Helicòpters
Un rorcual común filmado desde un helicóptero frente a Sitges (Barcelona) / Fotograma: Barcelona Helicòpters

No hace falta viajar muchos kilómetros para contemplar grandes ballenas. Ni a Argentina, ni a Sudáfrica, ni a Islandia, ni a las Azores, ni tan siquiera a Canarias. Rozando nuestras costas del Mediterráneo, catalanas, valencianas, baleares o murcianas, pasan cada año cientos de ejemplares de la segunda ballena más grande que existe: el rorcual común (Balaenoptera physalus).

Con sus hasta 23 metros de longitud (10 más que un autobús) y 70 toneladas de peso (como 10 elefantes africanos), es también, después de la ballena o rorcual azul, el segundo animal de mayor tamaño de cuantos habitan actualmente en la Tierra. Aún más, es el segundo mayor animal que jamás ha habitado en el planeta. Ni siquiera hubo dinosaurios tan grandes. 

Se calcula que unos cinco mil ejemplares se mueven cada año por el Mediterráneo Occidental, sobre una población total estimada en unos 100.000 individuos distribuidos por todos los océanos. Una gran parte de esta colonia mediterránea acude cada verano al mar de Liguria, frente a las costas noroccidentales italianas, para alimentarse de krill del Norte (Meganyctiphanes norvegica).

Allí, los rorcuales disfrutan desde 1999 del primer santuario para cetáceos del Hemisferio Norte, establecido por los gobiernos de Italia, Mónaco y Francia sobre una superficie de unos 100.000 kilómetros cuadrados (más del doble de la superficie de Suiza) que se extiende entre la Costa Azul, Córcega, Cerdeña y el litoral continental italiano.

Cientos de ejemplares pasan en primavera y otoño rozando las costas españolas

“Es la única especie de ballena que reside de manera estable en el Mediterráneo”, donde también se pueden encontrar esporádicamente ballenas grises, yubartas o incluso orcas, destaca el biólogo Oriol Giralt, de 30 años. Por alguna razón desconocida, los rorcuales no se adentran en la parte oriental de este mar. No van más allá de las costas del sur de Grecia.

Aunque en las últimas décadas se ha avanzado en su conocimiento, también se ignora cuántos son con exactitud, si viven todo el año en el Mediterráneo (algunos entran y salen del mismo por el estrecho de Gibraltar), dónde pasan el invierno, dónde crían, por dónde transcurren sus rutas migratorias... La falta de información dificulta la adopción de medidas de protección de esta especie amenazada. Para llenar estas lagunas nació hace poco más de un año la Associació Cetàcea, iniciativa de ocho jóvenes investigadores residentes en Cataluña.

El equipo humano lo forman tres biólogos, una diplomada en Ciencias del Mar, una etóloga, un experto en rescates de cetáceos, un patrón de embarcación y un ornitólogo autodidacta que, además, se encarga de las cuestiones administrativas. Todos ellos tienen experiencia en centros de salvamento de fauna marina y el título de buceador, pero se ven obligados a desempeñar otros oficios para ganarse la vida, aunque dedican con entusiasmo su tiempo libre a su gran pasión.

Difícil de avistar

Su primer reto ha sido el Proyecto Rorcual, que pretende dar respuesta a las preguntas: ¿Qué importancia tiene esta región del Mediterráneo Occidental en la distribución, ecología y patrones migratorios del rorcual común?, ¿cuáles son las épocas del año en las que la frecuenta o la atraviesa?, ¿se trata exclusivamente de una área por donde pasa su ruta migratoria?, ¿son siempre los mismos ejemplares los que pasan por ella? y ¿puede la proximidad de dos puertos importantes como los de Barcelona y Tarragona afectar a la biología y la ecología de esta especie?

Tras obtener la pertinente autorización de la Generalitat de Catalunya para estudiar una especie en peligro (se halla en la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas de la administración española), cuyo seguimiento está sujeto a ciertos protocolos (como respetar una distancia de seguridad de 60 metros), se pusieron en marcha.

Delimitaron una zona de estudio, un área de unos 40 kilómetros de longitud que se adentra en el mar hasta 15 millas (unos 27 kilómetros) frente a la costa sur de la provincia de Barcelona y el norte de Tarragona, entre las localidades de Castelldefels y Segur de Calafell, donde el fondo alcanza los 1.000 metros de profundidad.

Se ignora si existe una población permanente y cuáles son sus rutas migratorias

“No fue elegida al azar: responde a una cierta frecuencia de avistamientos documentados durante los últimos años”, precisa la bióloga Mireia Fernández, de 30 años, otra de las integrantes del proyecto. Para barrer este pedazo de Mediterráneo se delinearon cinco transectos (trayectos lineales durante los que se registran las observaciones de determinada especie), que lo atraviesan en zigzag de forma perpendicular al litoral.

Pese a su enorme tamaño, no resulta fácil avistar un rorcual común. El cetáceo no deja al aire más que su lomo, coronado por una pequeña aleta dorsal (de ahí su nombre en inglés, fin whale) que un profano suele confundir fácilmente con la de un delfín. Y, a diferencia de otras ballenas, su cola no sale totalmente fuera del agua cuando se sumerge. Por ello, el menor oleaje lo puede hacer pasar desapercibido, incluso a corta distancia. Esta forma de nadar lo hace especialmente vulnerable a los choques con embarcaciones

Por si ello fuera poco, sólo está un 10% del tiempo en la superficie, y puede permanecer bajo el mar hasta 10 minutos, durante los cuales es casi imposible saber hacia dónde se dirige. “No se puede utilizar el sónar porque afecta a su sistema auditivo. Podemos usar hidrófonos, pero éstos no te indican en qué dirección avanza”, explican los dos biólogos. Nada le hace alterar su rumbo, y llega a avanzar a una velocidad de 30 nudos (unos 54 kilómetros por hora). Así que lo pone ciertamente complicado.

Chorro de vapor

Al menos hay un elemento que juega a favor: el chorro de vapor que emite el rorcual cuando espira el aire de sus pulmones alcanza los cuatro o cinco metros de altura y se puede apreciar desde una cierta distancia. “Suelen hacer dos inmersiones cortas, de un minuto, seguidas de una larga, de unos 10. Ahí es cuando lo pierdes”, señalan los biólogos.

Durante el primer año de actividad han podido realizar nueve salidas (la mitad en primavera y la mitad en otoño, periodos de paso migratorio de los rorcuales), que son las que hubieran deseado hacer cada mes, pero la falta de dinero lo impidió. Las han llevado a cabo en distintas embarcaciones, que tienen que alquilar cada vez, y partiendo de diferentes puertos según el transecto a estudiar, las condiciones meteorológicas y la disponibilidad de recursos materiales.

El animal llega a alcanzar los 23 metros de largo y las 70 toneladas de peso

Porque éstos, como ya se ha dicho, son escasos. A falta de ayudas oficiales, la asociación ha intentado financiarse a través del crowdfunding (micromecenazgo). En verano se presentó el proyecto en el portal Verkami, solicitando seis mil euros. Una cuarentena de personas comprometieron unos dos mil, pero el sistema sólo permite que se recoja la totalidad de la cantidad solicitada. O todo o nada. Cuando ellos se dirigieron directamente a los mecenas, apenas recaudaron unos 1.200.

El resto sale de sus bolsillos y de las aportaciones de las personas que desean acompañarles en sus salidas. De momento han navegado con ellos unas 30. “Eso sí, les avisamos de que no se trata de una excursión de whale watching. El objetivo es la investigación científica y tenemos que documentar un transecto. Puede ser que veamos animales o no”, recuerdan los investigadores.

Por ahora ha habido bastante suerte. Además de localizar un primer rorcual (en un año inusualmente escaso en avistamientos, un nuevo aspecto a estudiar), en cuatro ocasiones han encontrado delfines mulares (Tursiops truncatus) y, en cinco, delfines listados (Stenella coeruleoalba). El 14 de setiembre se toparon con un grupo de más de un centenar de los segundos. También se han dejado ver con asiduidad los espectaculares peces luna (Mola mola) y, por supuesto, muchas aves marinas.

Esta experiencia les ha decidido a poner en marcha una segunda investigación. Dadas las frecuentes observaciones de delfines (de las que ya venían tomando datos), las salidas de la próxima primavera y otoño se aprovecharán para intensificar el estudio de estas dos especies para averiguar si existe una población estable en el área analizada. También pondrán en marcha acciones educativas y de sensibilización en las que tratarán de trasladar a sus auditorios la principal de sus prioridades: “el bienestar de los animales”.

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