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Medio ambiente
18 de noviembre de 2018
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Jueves, 23 de agosto de 2018
Roger Font
El cobro de las bolsas de plástico redujo su consumo a la mitad en siete años
Numerosos países las han prohibido mucho antes de que lo haga la Unión Europea, donde se podrán seguir usando hasta 2021
Bolsas enganchadas a una valla en la Avenida de la Expo de Zaragoza / Foto: Wikipedia Bolsas enganchadas a una valla en la Avenida de la Expo de Zaragoza / Foto: Wikipedia

Parece que lo único que realmente funciona es tocarle el bolsillo al usuario. El consumo de bolsas de plástico en España cayó a la mitad entre 2007 y 2014, periodo durante el cual muchos comercios empezaron a cobrarlas, aunque sin tener todavía obligación de hacerlo. Desde el pasado 1 de julio ya es legalmente preceptivo el cobrarlas, lo que debería provocar una caída aún más drástica de la producción de este residuo tan nocivo como innecesario. En 2021, siguiendo la directiva comunitaria 2015/720, aprobada hace tres años, estarán prohibidas todas las que no sean biodegradables.

Según el sector, el español medio pasó de utilizar 317 bolsas al año en 2007 a gastar “solo” 144 en 2014, último año del que se tienen datos procesados. Ese mismo año se colocaron en el mercado 62.560 toneladas de las mismas, equivalentes a unos 6.730 millones de unidades de menos de 50 micras, las más utilizadas pero también las más contaminantes por su bajo nivel de reutilización y su fácil dispersión en el entorno. Se estima que su uso medio es de unos 12 minutos, una ínfima fracción de los 500 años que pueden llegar a tardar en descomponerse totalmente.

En España es obligatorio pagar por ellas en las tiendas desde el 1 de julio

Desde el 1 de julio se cobran a entre 5 y 15 céntimos de euro todas las bolsas de un espesor de entre 15 y 50 micras, las denominadas ligeras, que son las que se reutilizan con menos asiduidad. Si son compostables o biodegradables, el precio debe ser inferior. Las llamadas muy ligeras, de un espesor inferior, quedan exentas del cobro porque en muchos casos se utilizan por "razones de higiene y para fomentar el consumo a granel, y evitar sobreenvases y el desperdicio alimentario".

Tampoco se cobran las que sobrepasan las 50 micras, que se entiende que son susceptibles de una vida útil más prolongada, es decir, de tener diversos usos antes de acabar como residuo, siempre que contengan un porcentaje de plástico reciclado (a partir de 2020 dicho porcentaje deberá alcanzar el 50% del peso total), según establece el decreto aprobado el 18 de mayo que impuso la medida en España.

Esta se ha adoptado finalmente no sin titubeos: la obligatoriedad de cobrar las bolsas estaba prevista para enero, posteriormente se retrasó su entrada en vigor al 1 de marzo, y entonces volvió a quedar en suspenso a la espera de un dictamen del Consejo de Estado, antes de su aprobación definitiva en mayo.

Un millón por minuto

Las bolsas de plástico empezaron a difundirse de forma masiva en la década de los años 1970, y en 2011 se estima que llegaron a utilizarse en todo el planeta un millón de ellas por minuto. Hasta entonces, nuestros padres y abuelos iban a la compra con bolsas de tela, cestos o carritos. En las últimas décadas se había convertido en habitual la imagen de personas abandonando los centros comerciales cargando un gran número de bolsas atiborradas de productos que sólo tendrán ese efímero uso antes de acabar, en el mejor de los casos, en un contenedor de residuos.

Porque desgraciadamente muchas terminan sus largos años de vida descomponiéndose lentamente en el medio natural, causando especialmente graves daños a la vida salvaje en el mar. Se las encuentra en las más profundas fosas marinas, en los casquetes polares y en la cima del Everest. Y también en los estómagos de más de 700 especies de vertebrados habitantes de los océanos.

Kenia castiga con cárcel y 30.000 euros de multa a quien las produzca o distribuya

Otra imagen convertida en habitual es la de calles e incluso espacios naturales plagados de ellas en el mundo desarrollado pero especialmente en los países más pobres. La magnitud del problema llegó a tales extremos que al final se han empezado a tomar medidas. Países como Bangladesh (el primero del mundo en vetar las bolsas ultrafinas de un solo uso, en 2002), Suráfrica, Senegal, Ruanda, Mauritania o Marruecos (segundo consumidor mundial per cápita tras EE.UU.), entre otros, han prohibido las bolsas de plástico ya hace años.

En Italia, donde se prohibieron en 2011, es obligatorio desde enero pasado ofrecer en las tiendas bolsas biodegradables (y de pago). En varias decenas de países, gobiernos nacionales, regionales o locales, como los de Montreal, Ciudad de México o San Francisco, han adoptado diversas medidas de prohibición. Y en muchos otros imperan obligaciones de cobro.

Pero en abril del año pasado Kenia, donde se hallaban plásticos en los estómagos de tres de cada diez reses sacrificadas para el consumo humano, aprobó las medidas más duras, que entraron en vigor en agosto: la ley contempla penas de hasta cuatro años de cárcel y multas de más de 30.000 euros para todo aquel que produzca, venda o simplemente transporte una bolsa de plástico. En apenas un año, admiten hasta los detractores de la contundente legislación, los efectos se han notado de forma innegable en la limpieza de las calles y del entorno natural.

Sin llegar a extremos tan drásticos, otros países han comprobado el éxito de las medidas de cobro de las bolsas. Irlanda, por ejemplo, ha visto como su demanda caía en un 90% desde que se aprobó una ecotasa que gravaba a quienes las requerían a los dependientes, que de 15 céntimos por bolsa en 2002, año de su aplicación, aumentó hasta los 22 en 2007. El consumo de bolsas por persona cayó de 350 unidades al año a apenas 14 el año 2012, y los más de 200 millones de euros recaudados hasta ese último año se invirtieron en acciones ambientales. Aunque triste, parece evidente que lo que más conciencia a la mayoría de la gente para proteger el futuro del planeta es instituir que dañarlo le cueste dinero.

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