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Medio ambiente
21 de julio de 2018
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Martes, 15 de abril de 2014
Cristina Fernández

La corta vida de los dispositivos

El aumento del consumo de los aparatos eléctricos y electrónicos plantea la necesidad de mejorar la gestión de sus residuos, dañinos para el medio ambiente y la salud pública

Operarios manipulan televisores en la planta valoración / Foto: Josep Cano
Operarios manipulan televisores en la planta valoración / Foto: Josep Cano

Los residuos de dispositivos eléctricos y electrónicos están cada vez más presentes entre los desechos municipales como consecuencia del modelo de producción y consumo actual. La cultura de usar y tirar en la que la mayoría de la ciudadanía se ve inmersa y los cortos ciclos de vida de los diferentes aparatos –bien porque las grandes marcas sacan modelos continuamente que dejan anticuados a los precedentes, bien porque son programados para morir prematuramente, lo que se conoce como obsolescencia programada– se esconden detrás de este incesante aumento. En ese sentido, cabe destacar que desde 2005, el promedio de vida de una computadora se ha reducido de cinco a dos años, tal y como destaca la organización medioambiental Basel Action Network.

En 2012 se generaron el equivalente a siete kilogramos de residuos de este tipo por cada habitante del planeta y para 2017 la cifra aumentará un 33%, según un estudio de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU). El informe englobado en la iniciativa StEP incluye el primer mapa global de chatarra electrónica.

La legislación europea, en su última directiva de 2012, plantea medidas más exigentes

El trabajo revela que en 2012 China y Estados Unidos fueron, respectivamente, los países que más equipos electrónicos y eléctricos fabricaron y, a la vez, los que generaron más basura de este tipo: Estados Unidos con 9,3 millones de toneladas lidera la clasificación, seguido por China, que generó 7,3 millones de toneladas. En 2012, España puso en el mercado poco más de un millón de toneladas de aparatos eléctricos y electrónicos, y generó 832.000 toneladas de este tipo de basura (18 kilos por habitante).

Según la normativa vigente, la Directiva 2012/19/UE que revisa y deroga la primera legislación sobre la temática de 2002, la denominación de Aparatos Eléctricos y Electrónicos o AEE define a todos aquellos que necesitan para funcionar corriente eléctrica o campos electromagnéticos, destinados a ser utilizados con una tensión nominal no superior a 1.000 voltios en corriente alterna y 1.500 en corriente continua, así como los aparatos necesarios para generar, transmitir y medir tales corrientes y campos. Los residuos engloban a los materiales de los aparatos, sus componentes, consumibles y subconjuntos que los componen, procedentes tanto de hogares particulares como profesionales.

Esta última norma es más exigente que la anterior y plantea como nuevo reto la obligación para 2016 de la recogida anual del 45% del peso medio de los AEE introducidos en el mercado en el correspondiente Estado miembro en los tres años anteriores. Un porcentaje que aumenta para 2019: el índice mínimo de recogida que deberá alcanzarse anualmente será del 65% del peso medio de los AEE introducidos en el mercado en el Estado miembro de que se trate en los tres años precedentes, o, alternativamente, del 85% de los RAEE generados en el territorio de dicho Estado. Se calcula que en España se recoge alrededor del 20% de los dispositivos eléctricos y electrónicos que se venden.

Un círculo con agujeros

La chatarra electrónica entraña peligros para la salud del Planeta y de sus habitantes, ya que contiene una serie de sustancias tóxicas como el plomo, el mercurio, el cadmio, el cromo hexavalente y los policlorobifenilos (PCB). Asimismo, tienen elementos escasos en la Tierra y metales valiosos.

Para no seguir acelerando la destrucción del medio ambiente es necesario reducir la producción de los aparatos eléctricos y electrónicos –y la compra impulsiva de los mismos–, reutilizarlos –repararlos, entregárselos a otras personas o darles nueva forma y uso–, y por último, reciclarlos adecuadamente o recuperarlos. Llevando a cabo esta regla de las 4R se disminuye la demanda de extracción de materias primas y se ahorran recursos naturales.

¿Cómo reciclar residuos de aparatos eléctricos y electrodomésticos? Los dispositivos viejos se deben depositar en un punto limpio, mediante los sistemas de recogida municipal previstos por los entes locales, o en la tienda en la que se compra un aparato nuevo del mismo tipo. Ambos servicios son gratuitos para el ciudadano, ya que los fabricantes, responsables de la correcta gestión del reciclaje de sus productos, cargan en el precio que el cliente paga en cada aparato nuevo un coste que deben destinar a su futuro reciclado.

En 2013 se trataron 9.300 toneladas de residuos en la planta del Pont de Vilomara

Este ciclo cerrado no siempre se cumple. La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) denunció a finales del pasado año las irregularidades que se cometen. En su investigación, detectaron como muchas tiendas se niegan a aceptar gratuitamente un aparato viejo a cambio de uno nuevo. Pero, además, de los 16 dispositivos domésticos rastreados mediante un sistema de seguimiento por GPRS sólo cuatro se procesaron en una planta recicladora autorizada. Datos que revelan cómo una parte de los residuos se desvían del camino correcto o se roban directamente y acaban en chatarrerías, descampados y domicilios privados sin haber pasado por una planta autorizada para su descontaminación y tratamiento.

En la misma línea, se manifiesta Ramón Altadill, director comercial de la planta de valorización de residuos eléctricos y electrónicos del Pont de Vilomara i Rocafort, situada en el municipio del mismo nombre de El Bages (Barcelona), quien lleva años denunciando los robos en los puntos verdes de Cataluña y lamenta la falta de voluntad de las autoridades competentes para frenarlos. Altadill también destaca la importancia de concienciar a la población sobre el reciclaje de este tipo de aparatos. Con el objetivo de enseñar a los más pequeños la importancia del reciclaje, la instalación del Pont de Vilomara, explotada por Electrorecycling, cuenta con un espacio didáctico.

Mientras los niños aprenden, llegan a la planta, en las típicas coloridas jaulas de transporte, grandes y pequeños electrodomésticos, equipos de informática y telecomunicaciones, aparatos de consumo y de alumbrado, herramientas eléctricas y electrónicas, juguetes, aparatos médicos (con la excepción de todos los productos implantados, infestados o radioactivos), instrumentos de vigilancia y control y máquinas expendedoras que están en el último tramo de su ciclo de vida, bien por desuso, obsolescencia o avería.

La planta del Pont de Vilomara i Rocafort empezó su actividad en el año 2002, si bien no empezó a funcionar completamente hasta finales de 2003. Su ámbito de actuación se limita a Cataluña, las Islas Baleares y Andorra. “En 2013 nos llegaron 9.300 toneladas de residuos”, explica Altadill. Unas 6.000 toneladas menos que en 2010, cuando se consiguió el máximo histórico con 15.000 toneladas. “El boom de ese año fue por el apagón analógico y la irrupción de la TDT que, además, coincidió con el Mundial de Fútbol”, añade.

Distintas destinaciones

Antes de iniciar el proceso de reciclaje todos los residuos cruzan por un arco para descartar la presencia de material radioactivo y pasan un test selectivo para poder recuperar los equipos que sean reutilizables. Los que no lo son se desmontan con el objetivo de conseguir componentes para nuevos dispositivos o material reciclable como materia prima para otros usos (papel, plástico, metales,…). Al mismo tiempo, se separan materiales para un tratamiento específico externo –como las pilas–, en plantas especializadas.

Los residuos que llegan a la planta se clasifican en dos grandes grupos para su tratamiento: el reciclaje de la línea marrón, ofimática y electrónica en general y el de televisores y monitores –del 55 al 60% de los residuos que llegan son de este tipo–. En el primer caso, se depositan los aparatos en una cinta transportadora que los conduce a un molino donde se fraccionan y se separa la parte férrica de la no férrica. El objetivo es que cada fracción quede libre de impropios. “Finalmente, los operarios apartan manualmente todas las fracciones resultantes como aluminio, cobre, madera, acero inoxidable y latón. Todas ellas se harán llegar a gestores externos autorizados por la Agencia de Residuos de Cataluña”, explica Ramón Altadill.

En el caso de los televisores y monitores con tubos de rayos catódicos el procedimiento consiste en separar la carcasa del monitor, que puede ser de diferentes tipos de plásticos o, las más antiguas, de madera, para su posterior trituración. Después, se separan los diversos componentes electrónicos como la tarjeta de circuito y las rosetas. El próximo paso consiste en manipular el tubo de rayos catódicos, que contiene dos elementos muy dañinos para el medio ambiente: plomo –en el vidrio cónico del embudo– y polvo de fósforo –que recubre el vidrio de la pantalla–.

En Ghana, Nigeria, India y China hay grandes vertederos de basura electrónica

Primero se perfora el cono de vidrio para eliminar el vacío interior y, después, con un disco diamantado se resigue el contorno del tubo y con unas cintas incandescentes se quema hasta que se provoca una rotura por estrés térmico y así se separa el vidrio de pantalla del vidrio del cono y se aspira el polvo de fósforo, que se envía a un gestor autorizado para su correcto tratamiento. El vidrio de pantalla se puede volver a emplear en cualquier otra aplicación, mientras que el vidrio del cono, que se envía a una planta de Albacete, se utiliza como materia prima en la industria de la porcelana, tal y como detalla el director comercial de la planta de reciclaje.

Sin embargo, no todos los residuos acaban en instalaciones como la del Pont de Vilomara i Rocafort, si no a muchos kilómetros de distancia, fuera de nuestra vista. Porque a pesar de las mejoras en la legislación europea sobre la recogida y reciclado de residuos de los últimos años, grandes cantidades de basura electrónica acaba ilegalmente en África o Asia, donde llega en la mayoría de casos disfrazada como bienes de segunda mano o donaciones. Simplemente, porque es más barato.

Montañas de ordenadores, televisores y frigoríficos provenientes de Europa, y también de Estados Unidos, son frecuentes en países como Ghana, Nigeria, India y China. Allí, la población local, sobre todo hombres y niños, desmonta estos dispositivos, que contienen productos tóxicos, manualmente para recuperar metales que pueden ser reciclados, como el cobre, y queman el resto.

El mayor vertedero de chatarra electrónica procedente de los países occidentales se halla en la ciudad de Accra, capital de Ghana, y es conocido con el nombre de Agbogbloshie. Esta chatarra tiene nefastas consecuencias para la salud de la población local, mediante su exposición directa y la contaminación del agua y de los alimentos. Es éste el alto precio que una parte de la población mundial paga por el afán consumista de la otra.

La obsolescencia programada, el motor de nuestra sociedad

En 1954 Brooks Steven, diseñador industrial estadounidense, empleó por primera vez el término obsolescencia programada. Con él definía la determinación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio por el fabricante o empresario. Acortar la vida de los productos es, para muchos expertos, la clave y el motor secreto de nuestra sociedad de consumo.

Mientras que en un parque de bomberos de California (Estados Unidos), una bombilla funciona desde hace más de 100 años, hoy la mayoría están restringidas a 1.000 horas por la decisión que en el pasado tomaron los productores. ¿Dónde estaría si no el negocio?

Sin embargo, la disminución deliberada de la vida de un producto también tiene efectos negativos para el medio ambiente porque un sistema de producción ilimitado en un planeta con recursos finitos es inviable. Nuestros antecesores, inmersos en un mundo de abundancia, podían no saberlo, pero nosotros sí. 

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