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Medio ambiente
19 de mayo de 2019
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Jueves, 14 de febrero de 2019
Joan Canela
Seis motivos para ser optimista ante el cambio climático
Crecen las energías renovables y cae el carbón, se aprueban medidas contra el tráfico y se prohíben plásticos de un solo uso, el ecologismo político avanza y los jóvenes piden cambios
En verde, los países que han prohibido las bolsas de plástico. En otros colores, los que han adoptado otras medidas / Fuente: Wikimedia En verde, los países que han prohibido las bolsas de plástico. En otros colores, los que han adoptado otras medidas / Fuente: Wikimedia

El calentamiento global ya es una realidad y, aunque las emisiones de gases de efecto invernadero se detuviesen de golpe hoy mismo, ya sería imposible evitar una subida global de la temperatura no inferior al grado y medio respecto a la era preindustrial. Una subida suficiente para acabar con buena parte de los hielos polares, provocar sequías o inundaciones devastadoras y otros fenómenos climáticos extremos, además de la subida del nivel del mar entre 30 centímetros y un metro.

Y, aun así, los líderes mundiales son reacios a tomar las mínimas medidas imprescindibles para mitigar el problema, las emisiones siguen aumentando y han entrado en escena nuevos dirigentes internacionales como Trump o Bolsonaro que incluso se atreven a dudar de la existencia misma del cambio climático.

Ante este panorama, parece difícil encontrar motivos para la esperanza, pero existen algunas tendencias a escala global que marcan pautas claramente positivas y que no dependen de los vaivenes de la realpolitik. Está por ver si serán suficientemente potentes y rápidas como para marcar una diferencia, pero son una realidad y aquí las exponemos:

1. Crecimiento de las energías renovables. En 2017 se instaló más potencia eléctrica solar fotovoltaica que de todas las fuentes de energías fósiles sumadas: 99 Gigavatios (Gw) por los 87 combinados de carbón, gas, petróleo y nuclear. Y esto sin contar el resto de fuentes renovables. Además, el grueso de la inversión se está realizando en China –que instaló más capacidad fotovoltaica que el resto de países del mundo juntos–, en India y hasta en los Estados Unidos del negacionista del calentamiento Donald Trump.

Lo que nos indica esta tendencia es que el actual crecimiento de las energías renovables ya no tiene nada (o casi nada) que ver con las políticas públicas ambientales o con cuestiones personales de conciencia. Con un abaratamiento de la infraestructura en un 80% de los últimos cinco años, sencillamente es que ya resultan más competitivas que unas energías fósiles encadenadas a una inevitable volatilidad de los precios.

En estos momentos, el megavatio/hora (Mwh) de energía eólica cuesta entre 26 y 50 euros (según el país o la instalación) y el de fotovoltaica entre 32 y 39 euros. En comparación, el ciclo combinado con gas natural se sitúa entre los 36 y 66 euros Mwh. Con el añadido que, una vez realizada la inversión inicial, las renovables tienden a bajar el coste, lo que no pasa con las fósiles. Incluso en los estados del golfo Pérsico, donde se concentran las mayores reservas de petróleo del mundo, la producción eléctrica solar ya es más competitiva que el antes llamado 'oro negro'.

Aunque en el mix energético global las fuentes renovables aún representan una minoría, no son pocos los expertos que no ven descabellado que para 2050 el 100% de la electricidad esté ya descarbonizada. A medida que la diferencia de precios de producción se ensanche, la transición también se acelerará.

2. Caída del carbón. Por ahora parece que se mantendrá durante unas décadas la dependencia de las fuentes de energía fósiles, sobre todo en el terreno del transporte. Pero hay una que sí parece tener los días contados, incluso a corto plazo, y es la más contaminante: el carbón, responsable de la mitad de las emisiones de CO2.

El consumo mundial de carbón sufrió una brusca reducción entre 2014 y 2016, de alrededor del 4,5%, y si bien la demanda se ha estabilizado, después no se ha recuperado de esta caída. China, el principal consumidor de este mineral, ha emprendido su sustitución por energías renovables y también por el gas natural –que pese a su origen igualmente fósil emite mucho menos CO2 al quemarse–, en buena medida para reducir la ya insoportable contaminación atmosférica de sus ciudades.

En Estados Unidos, a pesar de las promesas de Trump de proteger a ultranza el sector, los volumenes extraídos siguen siendo cada vez menores y, en Europa, diversos países ya han anunciado el cierre de todas sus centrales alimentadas con este combustible. En el Reino Unido, por ejemplo, el abandono del carbón, que será total en 2025, si no antes, ya ha permitido una reducción de las emisiones en un 36% respeto a las de 1990, situándolas al nivel de 1894.

3. Auge de la movilidad sostenible en las ciudades. El transporte sigue siendo el cuello de botella que dificultará un descenso masivo de las emisiones. Aun así, en algunos aspectos la batalla está empezando a tomarse en serio. Cada vez más ciudades en todo el planeta están impulsando valientes políticas de restricción de la movilidad privada y de fomento del transporte público y la bicicleta. Quizás pesan más la creciente preocupación por la salud y el colapso circulatorio generado por los coches que el miedo al calentamiento global pero, sea como sea, está sucediendo.

En 2016, Copenhague (Dinamarca) –siempre pionera en iniciativas ambientales– se convirtió en la primera ciudad del mundo donde ya circulan más bicicletas que coches. Aunque por ahora es la única en lograr este hito, hay una auténtica carrera global para dotar las grandes urbes de las infraestructuras necesarias para favorecer el uso de la bicicleta. Unas medidas que se complementan con los cierres parciales o totales de los centros urbanos al tráfico motorizado, como ha sucedido con Madrid Central. En 2019, la capital noruega, Oslo, se convertirá en la primera del mundo sin coches. Un logro que Helsinki quiere alcanzar también en los próximos años.

Y no solo asistimos a estos cambios en las ciudades norte y centroeuropeas con una fuerte tradición ecologista, sino que la nueva movilidad se extiende a sitios tan diferentes como Buenos Aires, Moscú o Detroit, la antigua capital mundial del automóvil. En Nueva York, en solo una década se han triplicado los viajes diarios en bicicleta gracias a un eficiente sistema que permite combinarla con el transporte público.

La consultoría sobre ciclismo urbano Copenhagenize elabora una clasificación bianual de las mejores urbes del planeta para usar la bici. En la de 2017 aparecen –además de las previsibles Copenhague, Amsterdam o Berlín– también Tokio, Montreal, Sevilla o París. Incluso en China, donde a partir de los 90 el tradicional uso masivo de la bicicleta cayó en picado ante un coche convertido símbolo de prosperidad y estatus, los automóviles empiezan a ser sustituidos en las saturadas avenidas por bicicletas eléctricas.

4. ¿El fin del plástico? Los residuos son responsables de alrededor del 4% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Los plásticos no solo son nocivos por sus emisiones cuando se queman, sino también por estar intrínsecamente vinculados a la extracción de petróleo, la materia prima de la que son derivados. Durante el último medio siglo, el plástico se ha convertido en un material omnipresente en nuestras vidas y, aún más, en los últimos años los residuos de sus productos han crecido de forma exponencial, gracias a la proliferación universal de los envases ligeros y los productos de usar y tirar. Muchos de ellos acaban en el mar, donde en 2050 podría haber más plástico que peces, según la ONU.

La revolución contra el plástico empezó, sorprendentemente, en algunos de los países más pobres del mundo. Bangladesh fue el primero que, en 2002, prohibió de forma absoluta el uso de bolsas de plástico. Lo siguieron diferentes naciones africanas, como Somalia, Kenia o Ruanda, donde las bolsas de baja calidad en descomposición formarán durante décadas parte indisoluble del paisaje.

En muchos de estos países, con unos sistemas de recogida y gestión de residuos prácticamente inexistentes, las bolsas, tiradas indiscriminadamente por doquier a cientos de millones, se habían convertido en un auténtico problema nacional, al obstruir los canales de desagüe provocando inundaciones, envenenar el ganado y reducir la productividad agrícola. Desde entonces ya son 56 países los que han adoptado idéntica medida –entre ellos algunos tan significativos como China, India o Francia– y otros muchos han aprobado otras opciones menos drásticas.

Pero las bolsas de plástico son solo la punta del iceberg. Hace solo un mes entró en vigor en ocho países del Caribe la prohibición de los plásticos de un solo uso y de los envases de poliestireno expandido, una medida que, por ejemplo, han venido adaptando en los últimos años decenas de ciudades estadounidenses, incluidas Nueva York, San Francisco y San Diego.

En nuestro continente, la Comisión Europea, a instancias del Europarlamento, ha acordado la prohibición desde 2021 de los plásticos de un solo uso, como platos, vasos, cubiertos, pajitas o bastoncillos para los oídos, entre otros, una medida que ya han avanzado algunos gobiernos regionales, como el de las Baleares. La decisión de China, principal destino de los residuos europeos, de prohibir la importación de estos deshechos en enero del año pasado ha acelerado la necesidad de tomar esta medida.

5. El ecologismo político, el muro ante la nueva extrema derecha. Las secciones de política de los medios se dedican en los últimos tiempos prácticamente en exclusiva a narrar el ascenso de los diferentes tipos de populismos conservadores, en una ola derechista que parece no tener fin, con las victorias de Trump y Bolsonaro, el auge de Le Pen, Salvini y la Alternativa por Alemania (AfD) como las más conocidas. Se trata de unas opciones políticas que tienen en común, entre otros aspectos, el desprecio por el medio ambiente y el negacionismo del cambio climático.

Pero estos mismos medios prestan mucho menos atención al hecho de que el principal dique de contención frente a estos grupos es el ecologismo político. En diciembre de 2016, los votantes austríacos impidieron que el candidato ultraderechista se hiciera con la presidencia del país al optar por el ecologista Alexander van der Bellen. En Alemania, Los Verdes han sido los grandes vencedores en las dos últimas elecciones estatales celebradas, en Baviera y Hesse, y las encuestas les otorgan un 20% a nivel federal, suponiendo uno de los motivos del estancamiento de la AfD, en buena parte por la defensa del carbón de la formación ultraderechista.

En Estados Unidos, los jóvenes diputados demócratas recién elegidos y liderados por Alexandria Ocasio-Cortez pretenden hacer frente a Trump con el llamado New Green Deal, un ambicioso programa de obras públicas e inversiones que se fija como meta conseguir la neutralidad de emisiones de CO2 en una década, además de impulsar el empleo y la luchas contra la desigualdad. Una propuesta netamente ecologista que está consiguiendo movilizar a amplias capas de votantes, especialmente jóvenes.

6. Las nuevas generaciones pierden la paciencia. Precisamente son los jóvenes quienes están impulsando una incipiente rebelión internacional para exigir actos valientes y urgentes contra el calentamiento global. El vídeo viral de la niña sueca (de 15 años) Greta Thunberg, que corrió por las redes de todo el mundo a finales de 2018 ha tenido su traslación real a las calles, con manifestaciones masivas lideradas por este sector de la sociedad en Alemania, Australia, Canadá o Suiza. Pero ha sido en Bélgica donde se puede hablar de una auténtica revuelta, con decenas de miles de estudiantes de instituto manifestándose todos los viernes desde hace un mes para exigir a su gobierno una política más decidida contra el cambio climático.

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