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Medio ambiente
14 de agosto de 2018
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Lunes, 26 de marzo de 2018
Joaquim M. Pujals (Aitona, Lleida)
El mar rosado del bajo Segre

Cientos de miles de melocotoneros y otros frutales florecen en marzo en el sur de Lleida ofreciendo uno de los incomparables espectáculos de la naturaleza

 

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Los árboles floridos regados por goteo ofrecen cientos de variedades de frutas de hueso / Foto: Josep Cano
Los árboles floridos regados por goteo ofrecen cientos de variedades de frutas de hueso / Foto: Josep Cano

Un año más, la naturaleza nos ha ofrecido otro de sus espectáculos incomparables. Con los últimos días de frío invernal, los cientos de miles de melocotoneros y otros frutales que crecen en el valle del bajo Segre, en el sur de Lleida, han estallado en color y han convertido estas tierras pardas y resecas en un mar de flores que ofrece a la vista todas las tonalidades del rosa.

Se trata de un espectáculo efímero: se inicia a primeros de marzo y con suerte dura unas tres semanas, unos días arriba o abajo en función del tiempo que haya hecho durante las precedentes (la floración precisa de un cierto periodo previo de bajas temperaturas). De la noche a la mañana, los pequeños árboles podados abandonan bruscamente la hibernación y sus desnudas ramas se llenan rápidamente de diminutos capullos.

La floración dura tres semanas, y depende del frío registrado durante el invierno

Las delicadas flores rosadas de largos estambres darán lugar entre mayo y junio a cientos de variedades de melocotones redondos y planos, nectarinas, albaricoques, paraguayos, platerinas y otras frutas de hueso de los que este territorio limítrofe entre Cataluña y Aragón genera aproximadamente un tercio de la producción total española (en su conjunto, ambas comunidades suman más de la mitad de la misma).

Este año, la floración se retrasó un poco y debido al frío durará algo más, aunque las heladas de la semana pasada, en el momento álgido del proceso, mantuvieron varias noches en vilo a los agricultores: si se daña la flor, se pierde el fruto. Y en algunos puntos de la comarca se alcanzaron de madrugada los -4,5 grados centígrados. El riego por aspersión, para propiciar que se forme una capa helada protectora sobre los pétalos, y las candelas que queman una solución de parafina para hacer subir los termómetros fueron una vez más sus armas.

“El año pasado se cosecharon 150 millones de kilos de fruta dulce en nuestro municipio”, destaca Dolors Pelegrí, técnica de Turismo del Ayuntamiento de Aitona, una localidad de unos 2.500 habitantes que vive de la agricultura pero que desde 2011 está logrando que la floración de los frutales atraiga cada vez a más visitantes a las 3.800 hectáreas que estos cubren en el municipio y dinamice otros sectores de su economía, al estilo de lo que sucede con los cerezos en Japón, los del extremeño valle del Jerte o la lavanda en la Provenza.

El doble de visitantes de lo previsto

Este mes, la cifra de inscritos en las rutas organizadas por el ayuntamiento podría llegar a superar los 15.000, lo que habría duplicado las previsiones de las autoridades locales (en 2016 fueron solamente 2.000, y el año pasado, 5.500). La visita de hace unos días –no era la primera– del cónsul japonés en Barcelona, Naohito Watanabe, ayudó a arrastrar a estos parajes a un buen número de turistas nipones, incluidos un grupo de dos centenares que se presentaron inesperadamente en Aitona sin reserva previa para hacer el recorrido.

Para desarrollar lo que en Aitona han bautizado como fruiturisme (de fruita, fruta en catalán, y turismo), diversos agricultores y guías locales siguieron un curso de 30 horas de duración impartido por la Universitat de Lleida. Ellos son los que acompañan a las excursiones que parten cada día hacia los campos desde el pabellón polideportivo del pueblo. Miquel Bosch, que explota 25 hectáreas y ejerce como concejal de Agricultura, forma parte del equipo, de unas 20 personas, todas ellas del pueblo, que da a conocer a los turistas el ciclo vital de los frutales y los cuidados que precisan.

La localidad de Aitona promociona un turismo de la fruta con rutas guiadas y gastronomía

Les explican, por ejemplo, que se cultivan con procedimientos de agricultura integrada, más respetuosa con el medio ambiente; que los árboles son arrancados a los 10 o 12 años porque empiezan a producir menos y que la gran mayoría de las hermosas flores que contemplan deben ser eliminadas para favorecer que unos pocos frutos por rama alcancen un mayor tamaño y mejor sabor.

Esta labor de aclarado manual es la que llevan a cabo tres mujeres subidas a unas pequeñas escaleras metálicas que encontramos en una finca situada cerca de la ermita románica de Sant Joan de Carratalà, desde la que se domina el valle rosado. De manera inmisericorde, arrancan los delicados pétalos, que el fuerte viento hace volar por doquier, peinando las ramas con un rascador.

Las tres son rumanas, y dos de ellas, Mariana y Georgiana, madre e hija. La primera, de 55 años, se vino sola hace 12 en busca de trabajo. La segunda se le unió hace 7. El marido y padre permanece en su país. Ambas forman parte del ejército de temporeros que se gana la vida en estos campos, especialmente en verano, cuando se recoge la fruta. Entonces Aitona duplica su población, y en toda Lleida, donde la última cosecha fue excepcional, con más de 360.000 toneladas (un 14% más que en 2016), se espera que unas 25.000 personas, la inmensa mayoría inmigrantes extranjeros, participen en la próxima recolección.

De secano a regadío

El cultivo de frutales en la zona tiene solamente unas décadas de historia. Se inició en los años 50 del pasado siglo. Estos municipios con nombres de raíces árabes (fueron musulmanes durante cuatro siglos) y dedicados tradicionalmente al cultivo de cereales deben su actual prosperidad a los canales que toman agua del río Segre. “En 1975 teníamos la renta per cápita más alta de Europa”, revela la alcaldesa de Aitona, Rosa Pujol. Los tubos del riego por goteo instalados en los últimos años han permitido reducir un 30% el consumo de agua. Más del 60% de los cultivos de la comarca, que se exportan a toda Europa, son ya de regadío, y la cifra podría aumentar en los próximos años.

Los turistas, que durante los fines de semana de marzo llenan las calles de una localidad aún poco acostumbrada a su presencia, pueden recorrer las diversas fincas abiertas al público en rutas en autobús, a pie, en bicicleta o alquilando quads, y este año se han organizado los primeros vuelos en globo sobre las extensiones floridas. El ayuntamiento trabaja para que los efectos del turismo frutícola no se limiten a estas pocas semanas de marzo y hagan viables nuevos negocios vinculados con el mismo. “Queremos que los turistas vengan también en verano para ver cómo maduran los frutos y cómo se recogen. La idea es no promover solamente la floración, sino la fruta en general”, afirma Pujol.

Cataluña y Aragón suman más de la mitad de la producción española

Con esta finalidad, dos restaurantes locales ofrecen menús basados en estos dulces productos locales y se han organizado también visitas a los campos y las cooperativas agrícolas durante la cosecha. “Queremos involucrar a los vecinos y a los productores, ahora que se ha abierto un abanico de posibilidades gracias a la gran divulgación que ha tenido la floración este año, con reportajes en la televisión rusa o la llegada de los visitantes japoneses”, señala.

Pero el espectáculo de la floración de los frutales no solamente es efímero. También está amenazado. A largo plazo, por el cambio climático. El calentamiento global repercutirá en la calidad y el sabor de la fruta. “La floración se avanzará y una helada súbita podrá echar a perder toda la cosecha. Y hará que se avance también la recogida, lo que dificultará la planificación de todo el proceso productivo, desde la plantación a la recolección”, augura el ambientólogo Arnau Queralt, responsable del Consejo Asesor para el Desarrollo Sostenible, un organismo de la administración autonómica.

La amenaza del mercado

Aunque hay una amenaza más inmediata: la del mercado. El año pasado, el veto ruso a las importaciones europeas y una cosecha récord tanto aquí como en otras zonas productoras del continente hundieron los precios, que apenas se habían movido en veinte años. La Unión Europea subvencionó la retirada solamente en Lleida de más de 10.000 toneladas de fruta dulce (19.550 en toda España), aunque los consumidores no lo notaran porque siguieron pagando a los distribuidores siete veces más de lo recibido por los campesinos (que fueron de 30 a 50 céntimos por kilo). Las pérdidas de los agricultores leridanos superaron los 54 millones de euros.

“El sector de la fruta dulce está tocado de muerte, no es una exageración. Los precios que percibimos los productores a tres o cuatro meses de la recolección no llegan a cubrir la mitad de los gastos”, resume Francesc Xavier Miarnau, agricultor y técnico agrícola. Desde el sindicato agrario Unió de Pagesos se aboga por arrancar miles de hectáreas de frutales. Ojalá no sea necesario y podamos seguir disfrutando cada primavera del cautivador mar rosado del valle del Segre.

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