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Medio ambiente
23 de abril de 2018
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Jueves, 13 de octubre de 2016
Paloma Domínguez
Polución en el cerebro

Recientes estudios alertan de los efectos nocivos que tiene la contaminación atmosférica para la salud, responsable de uno de cada ocho fallecimientos en el mundo

La mala calidad del aire provoca numerosas enfermedades / Foto: Foto-Rabe La mala calidad del aire provoca numerosas enfermedades / Foto: Foto-Rabe
Los males que está provocando la contaminación en nuestro planeta son de sobras conocidos: el cambio climático, la desaparición de especies, las islas de plástico en los océanos aparecen ─menos de lo que debieran─ en los titulares de los medios de comunicación. Sin embargo, los efectos de la polución en el cuerpo humano son menos conocidos. Recientes estudios han puesto de manifiesto los peligros que comporta respirar cada día el humo de los combustibles fósiles para la salud.

Tres investigaciones diferentes han intentado hallar la relación entre la enfermedad de Alzheimer y la polución, pero todavía no se ha establecido un enlace causal definitivo. Aun así, los científicos saben que la contaminación influye en el desarrollo de esta cruel dolencia. El primero de estos estudios, publicado el año pasado por la editorial IOS Press, se centró en la asociación entre la enfermedad y la exposición a largo plazo al ozono (O3, que se origina a través de reacciones químicas entre elementos que provienen por ejemplo, de la quema de combustibles), y a las partículas en suspensión (PM, del inglés Particulate Matter) generadas por el hombre que hay en la atmósfera y que respiramos diariamente.

La exposición a largo plazo al ozono y las
PM se asocia con
el Alzheimer

Después de analizar muestras de más de 95.000 taiwaneses mayores de 65 años con Alzheimer diagnosticado, descubrieron que la inhalación de ozono y partículas en suspensión por encima de los estándares de la Agencia de Protección Ambiental estadounidense comportaba “un riesgo creciente de Alzheimer”.

La revista Nature también publicó un estudio este año sobre el Alzheimer y la contaminación pero, en este caso, los científicos se centraron en analizar las placas seniles que se forman en el cerebro de los pacientes para descubrir el rol que juega la magnetita en su desarrollo. Este metal se encuentra de forma natural en el cerebro, pero en ese caso las partículas tienen forma de cristal. En el caso de este estudio, la magnetita mostraba una forma redondeada, lo cual delata que procede de la polución atmosférica, y superaba el nivel normal de magnetita orgánica en una relación de uno a cien. En general, la presencia de metales en el cerebro es muy negativa y está directamente relacionada con diversas patologías neurodegenerativas.

El artículo más reciente, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, la revista de la academia científica de Estados Unidos, desveló la gran cantidad de nanopartículas de magnetita que hay en el cerebro humano. Para ello, se analizaron muestras de 37 de personas de Reino Unido y México, de edades comprendidas entre los 3 y los 92 años. En todas ellas se hallaron abundante magnetita y óxido de hierro.

“Este descubrimiento es importante porque la magnetita puede responder a campos magnéticos externos y es tóxica para el cerebro: está implicada en la producción de especies reactivas de oxígeno [ROS en inglés, moléculas muy pequeñas y reactivas que pueden dañar estructuras celulares]”, asegura el estudio. Y continúa: “Debido a que el aumento de la producción de ROS está causalmente ligado a enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer, la exposición a nanopartículas de magnetita que circulan por el aire debería ser examinado como un posible peligro para la salud humana”.

Localización de nuevas escuelas

El estudio también constató que el origen de las partículas era externo, ya que su tamaño y forma coinciden con las nanoesferas de magnetita creadas a partir del calentamiento por combustión o fricción, omnipresentes en el aire de las ciudades. El mayor peligro es que estos elementos son tan pequeños (menos de 200 nanómetros, unidad que equivale a una millonésima de milímetro) que pueden acceder a través de la nariz directamente al cerebro.

Aun así, la profesora Barbara Maher de la Universidad de Lancaster (Reino Unido), que ha dirigido el estudio, defiende que, aunque se trata de un hallazgo significativo, “lo que debe iniciarse ahora es un nuevo examen [de la magnetita] como un factor de riesgo ambiental potencialmente muy importante para la enfermedad de Alzheimer. En este momento hay una razón para realizar pruebas epidemiológicos y de toxicidad, ya que estas partículas son muy abundantes y la gente está expuesta a ellas”.

Los 'malos humos' de los coches lentifican el desarrollo cognitivo
de los más pequeños

Paralelamente, se han publicado dos estudios más sobre el efecto de la polución en los niños. El primero se realizó en Suecia y se investigó si había alguna relación entre la contaminación y la salud mental de niños y adolescentes. Los resultados, aunque no fueron totalmente concluyentes, dieron a entender que existe la posibilidad de que haya relación entre desórdenes psicológicos y calidad del aire, incluso en regiones con niveles bajos de polución como los estudiados.

El segundo informe se realizó en Barcelona y descubrió que los niños muestran un desarrollo cognitivo más lento si sus escuelas se encuentran en áreas con más contaminación causada por los vehículos. Durante un año, se midió la calidad del aire en 39 colegios de educación primaria de Barcelona, y se cotejó posteriormente con los resultados de test de procesos cognitivos de memoria y de nivel de distracción de los niños. Los científicos descubrieron que cuanto más elevada era la contaminación menor era el crecimiento en el desarrollo cognitivo de los chiquillos. Por ejemplo, los niños en escuelas con mejor calidad de aire incrementaron su memoria de trabajo un 11,5%, mientras que sus compañeros en colegios con mala calidad de aire sólo mejoraron un 7,4%.

Sin embargo, los investigadores dejaron claro que sus descubrimientos no probaban que la polución impida el desarrollo cognitivo, sino que sugieren que el cerebro en desarrollo puede ser vulnerable, hasta bien entrada la mitad de la infancia, a la contaminación del tráfico. “Una conclusión que tiene implicaciones para el diseño de regulaciones sobre la polución del aire y para la localización de nuevas escuelas”, finalizaba el estudio.

Los estudios que alertan de los nocivos efectos de la contaminación en las personas no son una novedad. En 2014 numerosos trabajos científicos alertaron de la gran cantidad de muertes provocadas por la mala calidad del aire, que causa enfermedades cardiovasculares y respiratorias y llega a ser responsable de uno de cada ocho fallecimientos en el mundo. Lo necesario ahora es que los gobiernos se pongan en marcha y sigan regulando no sólo el tráfico en las ciudades (como ya han hecho varias capitales europeas) sino también la quema de combustibles fósiles para generar energía. Nuestra salud va en ello.

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