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Medio ambiente
29 de abril de 2017
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Viernes, 28 de octubre de 2016
EcoAvant.com - FM
Los pequeños volcanes de La Garrotxa
Un estudio censa los cráteres sin conexión con cámaras de magma de esta comarca gerundense, que sólo se encuentran también en Islandia, Estados Unidos y Marte
Vista aérea de los volcanes de La Garrotxa, con el más joven, el Croscat, en primer término  / Foto: Josep Cano
Vista aérea de los volcanes de La Garrotxa, con el más joven, el Croscat, en primer término / Foto: Josep Cano

El visitante que se adentra en la Fageda d’en Jordà se queda inmediatamente hechizado. Su extraordinaria belleza le impregna la retina y le invade la armonía del lugar. Este mágico hayedo de la comarca gerundense de La Garrotxa, que arraiga sobre lava volcánica, provoca la admiración de todo aquel que tiene la oportunidad de contemplarlo. Y han sido muchos desde que lo hicieran célebre los versos que le dedicó Joan Maragall, uno de los textos más recitados de la poesía catalana.

En el Parque Natural de la Zona Volcánica de La Garrotxa, que alberga un paisaje único en la península Ibérica, se alzan cientos de pequeños volcanes modelados por las coladas de lava que emergieron de los cráteres de los volcanes Puig Jordà, Croscat, Montolivet y otros hace entre 10.000 y 17.000 años. Densos bosques cubren de verdor sus laderas. 

Bajo el denso follaje se oculta uno de los fenómenos más singulares del vulcanismo: los llamados en inglés rootless volcanic cones (volcanes sin raíces), pequeños conos coronados por un cráter que no obstante no están conectados con ningún depósito de magma. Hay pocos en el mundo. Fuera de estas tierras sólo se los puede encontrar en Islandia y en el norte de Estados Unidos. "¡Y en Marte!", destaca la especialista Ona Corominas. Los habitantes de la comarca gerundense, que los han empleado durante siglos como canteras, los llaman en catalán tossols.

Los conos se formaron al entrar en contacto el magma con el agua de los humedales

Estos fenómenos han sido poco estudiados. Ahora, los vulcanólogos Llorenç Planagumà y Xavier de Bolós y la misma Corominas los han inventariado en la guía Els tossols del Parc Natural de la Zona Volcànica de La Garrotxa (en catalán, Los volcanes sin raíces del Parque Natural de la Zona Volcánica de la Garrotxa), editada con el apoyo de la administración del parque y del Gobierno autonómico.

Según Planagumà, además de censar estas formaciones, el libro “también hace un esfuerzo en el ámbito sociológico. Hemos intentado identificar los nombres de cada tossol, que en la mayoría de los casos sólo conocen las personas más mayores que son del territorio y habían trabajado en el campo. Pero muchos de estos nombres se han perdido ya para siempre”.

En una de las visitas de campo que los investigadores realizan al parque natural, De Bolós explica que “la zona volcánica tiene diferentes fallas por las que el magma ascendió a la superficie por diferencia de presión hace miles de años". "En esta zona, los volcanes son el resultado de procesos de extensión o separación de la corteza terrestre en el área conocida como el Rift intercontinental de Europa, que se extiende a lo largo de más de 2.000 kilómetros desde el Mediterráneo hasta Alemania y el sur de Polonia”, precisa.

Explosiones de vapor

¿Qué es exactamente un tossol? ¿Por qué tiene forma de volcán y un cráter en la superficie sin estar conectado a un conducto volcánico o chimenea? ¿Cómo se forman? Desde las entrañas de uno de los formados en las coladas del volcán Puig Jordà –parcialmente explotado por las poblaciones locales para obtener materiales de construcción–, Corominas lo expone de forma muy ilustrativa: “Su proceso de formación se parece mucho a lo que sucede cuando caen gotas de agua en una sartén con aceite muy caliente: se producen múltiples microexplosiones por la evaporación del agua en el aceite”.

Un volcán sin raíces se crea en el momento que una colada de lava pasa por encima de un terreno húmedo. Al entrar en contacto el agua con el magma extremadamente caliente se genera vapor, que asciende por las fracturas que encuentra en la colada provocando una pequeña explosión que es la que le da forma de cráter.

Estos elementos volcánicos tienen una altura media de entre cuatro y ocho metros y están constituidos por material piroplástico (fragmentos de magma expulsados en una erupción). Es muy frecuente encontrar sobre ellos bombas (porciones de lava lanzadas por los aires que toman forma ovalada por efecto aerodinámico). Están bien formadas y conservadas, y son muy compactas dado que su recorrido fue corto y se solidificaron entre el mismo magma aún ardiente.

Durante siglos han sido eliminados o utilizados como canteras para obtener greda

Hace 17.000 años, cuando nacieron estos pequeños volcanes, La Garrotxa era una región pantanosa, cubierta de humedales tras un periodo de glaciación. Para Llorenç Planagumà “es fundamental entender el papel que jugó el cambio climático en el desarrollo de un fenómeno tan poco común”. Los humanos del Paleolítico pudieron contemplar cómo se formaron algunos de estos relieves, como atestigua el hallazgo de restos de utensilios de piedra en las coladas volcánicas.

Las curiosas formaciones volcánicas de este territorio no siempre han sido objeto de estudio y conservación. En 1836, la desamortización liberal emprendida por el ministro Mendizábal, uno de los fenómenos que más han afectado al desarrollo económico y social de España en los últimos siglos, hizo que grandes lotes de tierra pertenecientes a las órdenes religiosas fueran expropiados y puestos en el mercado para incentivar el desarrollo agrario.

La mayor parte fueron a parar a manos de nobles y burgueses adinerados, y no a las de pequeños productores, lo que hubiera favorecido la dinamización de la economía –y la hubiera arrancado de un inmovilismo secular–. El fracaso de la desamortización impidió crear las bases de una clase media como la que emergía en aquel momento en otros países europeos.

Obstáculos para la agricultura

Pero se produjeron otros cambios, y la comarca volcánica fue escenario de algunos de ellos. En el bosque de Tosca, muros de piedra y caminos serpentean entre los tossols. En las artigas –zonas de bosque desbrozadas para el cultivo– los campesinos se aprovecharon de un suelo de una fertilidad excepcional, ya que atesora humedad y la ceniza volcánica contiene un elevado nivel de minerales y otros nutrientes.

Pero los pequeños relieves volcánicos suponían un obstáculo para el roturado de los campos y por ello muchos de ellos fueron modificados o directamente eliminados. Las rocas extraídas se acumularon en los muros y bancales. Este proceso fue modelando el extraordinario paisaje del bosque, formado por un mosaico de arboledas y parcelas labradas acomodadas entre la roca volcánica.

Con la industrialización del siglo XVIII llegaron a la zona las primeras máquinas textiles procedentes de Francia. En poco tiempo nació una de las industrias de hilatura más potentes de la época. Las fábricas producían indianas (estampados en algodón o lino), gorros y medias. La fuerte demanda de mano de obra conllevó un aumento repentino de la población. Sólo en Olot, la capital de la comarca, el incremento alcanzó en pocos años el 55%. Con 9.856 habitantes, se convirtió en la cuarta ciudad más poblada de Cataluña (en 2015 era la número 37).

Su nivel de protección jurídica es bajo y no traspasa los límites del parque natural

El rápido crecimiento urbano requirió de una acelerada construcción de viviendas, y se utilizó como material el recurso que se tenía más a mano: la greda. Se trata una arcilla arenosa de origen volcánico que se obtenía de los puntos de los volcanes o los tossols donde su estructura y formación hacen más fácil su extracción.

El trabajo de los tres geólogos, conscientes de la importancia no sólo geológica sino también histórica y cultural de los pequeños volcanes, trata de poner en valor un patrimonio natural que durante siglos ha sido modificado, explotado o eliminado sin que se le otorgara ningún otro valor que el de meros proveedores de arena o piedra.

La publicación sobre los tossols se marca como objetivo dotarlos de un mayor nivel de protección jurídica, que según Planagumà “es actualmente bajo y no va más allá de los límites del mismo parque natural”. El inventario de relieves volcánicos busca justificar una decidida política de conservación de los mismos.

El vulcanólogo no descarta que, en un futuro no muy lejano, los tossols se puedan ver de nuevo amenazados por el crecimiento urbanístico. Considera muy importante “tanto la identificación de cada uno de ellos como la divulgación a través de literatura científica, ya que son unas formaciones muy singulares que, si bien existen en otros lugares del planeta, no han sido objeto de un estudio a fondo”. “Es un patrimonio natural muy inusual que hay que proteger y que, además, tenemos en casa”, argumenta.

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