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Medio ambiente
16 de febrero de 2019
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Martes, 08 de marzo de 2016
Ramón Costa
Sin mujeres no hay agua
Los millones de horas dedicadas a obtener el líquido elemento en el mundo en desarrollo impiden al género femenino el acceso a la educación o el trabajo remunerado
Deben desplazarse hasta puntos de suministro situados a un promedio de entre dos y 10 kilómetros / Foto: Urosr Deben desplazarse hasta puntos de suministro situados a un promedio de entre dos y 10 kilómetros / Foto: Urosr
Hay una relación directa entre el acceso al agua potable y la promoción de la mujer en amplias regiones del planeta. Porque en la mayor parte de los países en desarrollo de África y Asia, son las mujeres, y a menudo las niñas, las encargadas de proveer a la familia del líquido elemento. Y en ello se les van muchas horas al día, horas que podrían emplear en acudir a la escuela y educarse, o en llevar a cabo actividades productivas que mejoraran su autonomía en el plano económico y fortalecieran su rol en la familia y la sociedad. Para las mujeres, disponer de agua no es por tanto solamente un derecho relacionado con la salud. Es un requisito para la igualdad de género.

Según la ONU, todavía quedan en el mundo unos 760 millones de personas que no tienen acceso a agua potable. Representan algo más de un 10% de la población del planeta. Es una cifra enorme, pero en este terreno se ha mejorado: a principios de siglo eran más del doble. Estimaciones del Programa Mundial de Asesoramiento sobre el Agua (WWAP, en sus siglas en inglés) de la Unesco, señalan que solamente en África, el continente que sufre un mayor problema de acceso a fuentes de agua limpias y cercanas a las comunidades, se dedican 200 millones de horas diarias a obtener agua (y no siempre limpia y potable, y no siempre suficiente).

Las surafricanas caminan cada día el equivalente de un viaje a la Luna, ida y vuelta

Millones de personas, en su inmensa mayoría mujeres y niños, deben desplazarse a pie hasta puntos de suministro (pozos, fuentes, ríos o lagos) situados a un promedio de entre dos y 10 kilómetros de distancia, y acarrear el líquido hasta sus domicilios. Solamente en Suráfrica, se estima que las mujeres caminan en conjunto y diariamente el equivalente a un viaje entre la Tierra y la Luna de ida y vuelta para proveer de este elemento a sus familias. Las mujeres y niñas de países de bajos ingresos invierten 40.000 millones de horas al año en la recogida o el transporte de agua, una cifra equivalente a un año de trabajo del conjunto de la población ocupada de Francia.

Y, por supuesto, dedicar tantas horas a la recogida y transporte de agua, hasta el 26% de su tiempo en algunas áreas rurales de África, impide a estas mujeres y niñas emplearlas en otras actividades productivas o educativas. Ello hace que los índices de escolarización femenina sean sensiblemente más bajos que los de la masculina.

De acuerdo con datos del Unicef, el fondo de las Naciones Unidas para la infancia, mientras sólo uno de cada siete niños no logra completar su educación primaria, el porcentaje asciende a una de cada cuatro en el caso de las chicas. En Tanzania, una encuesta detectó que la asistencia a la escuela de las niñas era un 12% más elevada en los hogares ubicados a 15 minutos o menos desde la fuente de agua que en aquéllos en los que la fuente de agua se encuentra a una hora o más.

De madres a hijas

"Los vínculos entre las agendas de desarrollo para el acceso al agua y la igualdad de género, y en particular el empoderamiento de las mujeres, deben ser reconocidos", señalaba en su introducción el informe Water for women (Agua para las mujeres) del WWAP, presentado el año pasado, que llevaba el significativo antetítulo Cada mujer cuenta. Cada segundo cuenta.

"El derecho humano al acceso al agua potable y cerca de su domicilio puede desbloquear el potencial económico, educativo y social de la mujer, mientras que su ausencia puede confinarlas en un ciclo que se repite de madres a hijas", señala Jane Wilbur, consultora de Igualdad, Inclusión y Derechos de WaterAid, una ONG internacional que trabaja para proveer de agua limpia, servicios sanitarios y educación sobre higiene en países en vías de desarrollo.

Los largos recorridos cargadas les causan lesiones crónicas y las exponen a agresiones

El problema del agua para las mujeres en muchos lugares va todavía más allá de la pérdida de tiempo que les impide formarse o ganar dinero. En los largos recorridos que llevan a cabo, la carga de bidones o jarras de hasta 20 litros sobre la cabeza les causa lesiones crónicas en el cuello o la columna. Y en algunos países, especialmente en la República Democrática del Congo, que sufre los índices de violencia sexual más elevados del mundo (como en otros países en conflicto, la violación se ha convertido en un arma de guerra) estas largas caminatas las exponen a ser atacadas.

Y aún hay más. Según señala el Unicef, "en muchas culturas las mujeres sólo pueden defecar después de ponerse el sol si no cuentan con una letrina. Esto, además de la incomodidad que ocasiona la dilación, puede ocasionar enfermedades graves", además de exponerlas aún más a agresiones sexuales. Y más: "La falta de unas instalaciones seguras, separadas e íntimas en las escuelas es uno de los principales factores que impiden que las niñas asistan a clase, en especial cuando están menstruando". El hecho de que un agua más limpia mejore el estado de salud general de la población las libera de dedicar más tiempo a cuidar de los enfermos. Finalmente, cerca de 44 millones de mujeres embarazadas padecen cada año infecciones por anquilostomas relacionadas con el saneamiento en el mundo en desarrollo. Las mujeres necesitan más que nadie disponer de agua en condiciones.

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