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Medio ambiente
22 de enero de 2018
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Miércoles, 17 de junio de 2015
Enia Sánchez
Por una tierra fértil
La degradación de los suelos reduce la producción mundial de alimentos, especialmente en países en vías de desarrollo, y pone en riesgo la estabilidad socioeconómica
La sequía se cobra más vidas que cualquier otro desastre natural / Foto: M. Niebuhr La sequía se cobra más vidas que cualquier otro desastre natural / Foto: M. Niebuhr

La desertificación y la sequía son problemas de dimensión mundial que afectan a unos 1.500 millones de personas, sobre todo a los más pobres de los pobres que malviven en los países en vías de desarrollo. Ambos fenómenos se ceban principalmente en África, donde dejan el dolor del hambre. Según la ONU, la sequía se cobra más vidas que cualquier otra clase de desastre natural: más de 1,6 millones de personas han sido sus víctimas desde 1979.

Porque más del 99,7% de los alimentos proceden del suelo y la degradación de las tierras de zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas echa a perder cada año unos 12 millones de hectáreas –la extensión de un país como Honduras– en las que se podrían producir 20 millones de toneladas de cereales, tal y como recoge la ONU.

Hoy es el Día Mundial de la Lucha contra la Desertificación y la Sequía 

La delicada situación de los suelos se agrava año tras año: se prevé que para 2035 la desertificación puede llegar a reducir la producción mundial de alimentos en un 12% y, en una década, dos de cada tres personas en el mundo podrían estar viviendo con acceso limitado a los recursos hídricos, especialmente habitantes del norte y sur de África y del sur y el centro de Asia.

La desertificación es, por tanto, un fenómeno vinculado con la seguridad alimentaria, la estabilidad socioeconómica y el desarrollo sostenible. Las sequías, como las que sufren actualmente Corea del Norte y los estados norteamericanos del Pacífico –sobre todo California–, son cada vez más frecuentes e intensas, y las previsiones no son alentadoras, porque el calentamiento global sigue aumentando ante la desidia de una comunidad internacional poco sensibilizada cuya población no deja de crecer.

“Es posible un mundo en el que todos los derechos a la alimentación, el agua y la seguridad humana estén garantizados. Pero debemos cambiar de rumbo y empezar a asegurar cada hectárea de tierra que pueda proporcionar alimentos o agua dulce. La tierra es un recurso renovable, pero sólo si invertimos en frenar la degradación de las tierras, que constituye una propuesta de los estados miembros de las Naciones Unidas para la Agenda para el Desarrollo después de 2015”, afirma en un comunicado el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon.

Agricultura más sostenible

Para concienciar sobre los efectos del uso insostenible de la tierra, el año 1994, la ONU, queriendo hacer hincapié en la importancia de los suelos, declaró el 17 de junio como el Día Mundial de la Lucha contra la Desertificación y la Sequía.

Bajo la consigna El que algo quiere, algo le cuesta, invirtamos en suelos sanos, la jornada reivindicativa que se celebra hoy se centra en “lograr la seguridad alimentaria para todos a través de sistemas alimentarios sostenibles”. Según el informe de la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO) sobre el Estado de la Inseguridad Alimentaria del pasado año, uno de cada ocho pobladores del planeta no tuvo acceso a los nutrientes necesarios entre 2012 y 2014.

Uno de cada ocho ciudadanos no tuvo los nutrientes necesarios entre 2012 y 2014

Para luchar contra la desertificación y la sequía, provocadas principalmente por las variaciones climáticas y la actividad humana, la ONU recuerda que es necesario un cambio en el uso de la tierra, apostando por una agricultura más sostenible; un mayor acceso a los avances tecnológicos y a la titularidad de tierras por parte de los pequeños agricultores; un mayor equilibrio entre las finalidades ecologistas y el consumo de alimentos; más inversiones para promover mejores prácticas agrícolas y un sistema de producción más sostenible, y un aumento de las acciones encaminadas a visibilizar las consecuencias de la desertificación.

“Si no podemos cambiar la forma en que utilizamos nuestras tierras, tendremos que convertir cada año una superficie del tamaño de Noruega en nuevas tierras agrícolas para atender las futuras necesidades de alimentos, agua dulce, biocombustibles y crecimiento urbano. Esto causaría deforestación y otros efectos negativos en el medio ambiente”, predice Ban Ki-moon.

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