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Medio ambiente
16 de julio de 2018
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Lunes, 26 de enero de 2015
Joaquim M. Pujals
La farmacia de los pobres
La producción de genéricos de India proporciona el 92% de los tratamientos antisida y el 60% contra la malaria en el mundo en desarrollo. Los gigantes del sector la combaten
Investigadores en un laboratorio indio productor de genéricos / Foto: Natco Pharma Investigadores en un laboratorio indio productor de genéricos / Foto: Natco Pharma
La farmacia de los pobres. Así es como ha sido bautizada la India por su apuesta decidida por la fabricación de medicamentos genéricos que, gracias a su menor precio, han salvado la vida de millones de personas dentro de sus fronteras y en otros países en desarrollo, y son la única esperanza de conservarla para muchos millones más. Por ello, el Gobierno indio no deja de recibir presiones de las grandes corporaciones farmacéuticas internacionales. La visita iniciada ayer al país por el presidente norteamericano Barack Obama (la segunda de su mandato) podría comportar nuevas maniobras contra una política que hace perder cantidades ingentes de dinero a los propietarios de las lucrativas patentes de los fármacos.

Los laboratorios indios proporcionan el 92% de los medicamentos antirretrovirales que combaten el VIH en el mundo pobre, y el 60% de los que frenan la malaria. Las agencias de la ONU y las ONG que trabajan en esas zonas son sus mejores clientes. Un tratamiento contra el VIH que con fármacos patentados por las grandes marcas alcanzaba los 9.000 euros, con las medicinas indias, igual de eficaces, cuesta apenas 50. El gigantesco margen de beneficio de las multinacionales, que condena a la muerte a millones de enfermos que no pueden hacerle frente, dice mucho acerca de la moralidad de los gestores de las mismas.

Antirretrovirales por los que se cobran 9.000 euros se pueden comercializar por 50

Pero para poder seguir suministrando medicamentos baratos, los laboratorios indios tienen que batallar continuamente en los tribunales. Afortunadamente, suelen darles la razón. En un caso que sentó un aleccionador precedente, en abril de 2013, y tras siete años de litigio, la multinacional suiza Novartis perdió su demanda contra la fabricación por parte de las compañías indias Cipla, Ranbaxy y Natco Pharma de un anticancerígeno que con su marca sale por 2.000 euros al mes y fabricado en India, por 156. Trece veces más barato. 

El Tribunal Supremo indio rechazó que el Glivec, el producto de Novartis, aportara verdaderas “innovaciones” que justificaran ampararlo bajo una nueva patente. Falló que se trataba de una mera modificación de una molécula más que conocida que inhibe el crecimiento de las células cancerígenas. Medios de comunicación indios publicaron que el abogado de Novartis llegó a cobrar 30.000 euros diarios por la defensa de los intereses de la multinacional. No en vano, el Glivec, patentado en más de 40 países, es el medicamento más vendido por Novartis en el mundo: en 2012 proporcionó a la empresa 3.590 millones de euros.

Igualmente, otro gigante como Pfizer batalló con poco éxito en India por defender sus derechos exclusivos sobre el anticancerígeno Stutent, diseñado para el cáncer de riñón, y Roche por los mismos privilegios para un tratamiento contra la hepatitis C, el Pegasys. La respuesta de las empresas ha sido reducir la inversión en investigación y desarrollo en el país asiático, donde viven 1.200 millones de personas mayoritariamente pobres (el 40%, con menos de un euro al día) y que, por ello, pese a ser el segundo más poblado del mundo, sólo es el decimocuarto mayor mercado mundial para estas empresas.

Salud antes que beneficio

Las leyes de propiedad intelectual indias dan prioridad a la salud pública frente al beneficio económico. Los precios de muchos medicamentos están sujetos a control, algo que solivianta a las farmacéuticas globales. Con un argumento que suena tanto a lamento como a amenaza, las multinacionales como Novartis alegan que sin poder registrar patentes ni imponer libremente sus precios no pueden invertir en el desarrollo de nuevos tratamientos en aquel país.

“No es verdad que el resultado del juicio vaya a afectar la inversión en investigación y desarrollo de las compañías. Sólo quieren renovar sus viejas patentes y amasar dinero sin innovar”, opina Anand Grover, abogado de la Asociación de Pacientes con Cáncer del país asiático. “Como no le conviene la ley de la India, Novartis intentó cambiarla”, afirmó el ex director de Propiedad Intelectual y Salud Pública de la Organización Mundial de la Salud, Germán Velásquez. Novartis pidió que se derogara la normativa por “anticonstitucional”.

"No hacemos fármacos para los indios, sino para los occidentales que pueden pagarlos"

En un arranque de indeseada sinceridad, provocada por la falta de avances en sus negociaciones con las autoridades indias, al consejero delegado de Bayer, Marijn Dekkers, se le llegó a escapar hace exactamente un año: No creamos este medicamento para los indios, sino para los occidentales que pueden pagarlo. Se refería al Nexavar, un tratamiento de última generación para los cánceres de hígado y riñón. Hay medicinas contra enfermedades mortales que salen a mil euros por pastilla. Y Dekkers lo dejó muy claro: quien las vende prefiere condenar a muerte a muchos enfermos pobres antes que dejar de ganar cantidades indecentes de dinero.

El pasado octubre, en Washington, el primer ministro indio, el nacionalista Narendra Modi, se comprometió a dialogar para ver de qué manera puede incentivar a las farmacéuticas estadounidenses para que investiguen otra vez en su país (léase compensarlas económicamente). En plena negociación de un nuevo tratado bilateral de inversiones, la devolución de visita de Obama no pasará de largo sobre esta espinosa cuestión, en la que hay demasiado en juego. Los grandes empresarios norteamericanos le piden al presidente que se adopten represalias comerciales contra India.

Una campaña en la plataforma Avaaz ha logrado recoger casi un millón de firmas en todo el planeta reclamando al inquilino de la Casa Blanca que no presione a Nueva Delhi en este terreno. Es su gran oportunidad de demostrar si la vida y la salud de los pobres del mundo le preocupan tanto como las de los norteamericanos sin recursos por los que tanto luchó en defensa de un sistema público de seguridad social.

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