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Medio ambiente
25 de abril de 2018
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Miércoles, 10 de diciembre de 2014
Eva Terol
Réquiem por el Aral

La NASA certifica que la cuenca oriental de la zona sur del lago se ha secado completamente y que este mar interior se ha reducido al 10% de su tamaño original

El lago en agosto del año 2000 (izquierda) y del año 2014 (derecha) / Foto: NASA El lago en agosto del año 2000 (izquierda) y del año 2014 (derecha) / Foto: NASA

Hubo un tiempo en que en el vientre de aguas dulces del Aral, el gran lago de Asia Central, situado entre las fronteras de Kazajistán y Uzbekistán, vivían 24 especies de peces rodeadas por comunidades de pescadores, bosques exuberantes y humedales. Hoy, el que fuera el cuarto mayor lago del mundo, con una superficie aproximada de 66.000 kilómetros cuadrados –dos veces el territorio de Cataluña– es 10 veces más pequeño y lo envuelve un desierto tóxico en el que apenas queda rastro de vida.

La historia de este mar interior es una de las mayores tragedias ecológicas de los últimos decenios a escala mundial, se duelen los expertos de la NASA. Este verano, los datos publicados por el Observatorio de la Tierra de la agencia espacial estadounidense certificaban que la cuenca oriental de la zona sur del Mar de Aral, uno de los fragmentos aislados que quedan del antiguo lago, se ha secado completamente y que el lago se ha reducido al 10% de su tamaño original.

“Es la primera vez en la historia moderna que la cuenca oriental del Aral se seca por completo”, asegura Philip Mickling, geógrafo emérito de la Universidad de Michigan Occidental y experto en esta gran masa de agua. “Y probablemente, es la primera vez que se seca en 600 años, después de que, en época medieval, el desvío del río Amu Daria hasta el Mar Caspio provocó una primera desecación”, revela.

Se trata de una de las mayores tragedias medioambientales de las últimas décadas

La condena a muerte del Aral se firmó en la década de 1960, cuando la Unión Soviética llevó a cabo un importante proyecto de desviación de agua hacia las áridas llanuras de Kazajistán, Uzbekistán y Turkmenistán. Los dos grandes ríos de la región, el Amu Daria y el Sir Daria, que nacen en las cordilleras del Tian Shan y el Pamir y se alimentan de las precipitaciones y la nieve derretida, fueron utilizados para transformar el desierto y regar inmensos campos de algodón y otros cultivos.

Entre 1961 y 1970, el nivel del mar Aral descendió a un ritmo medio de 20 centímetros al año, que se triplicó en la década de los 70 y que en los 80 se acercó vertiginosamente al metro de caída anual.

Cuando en el año 2000 el satélite Terra de la NASA tomó las primeras imágenes del lago, la disminución progresiva del nivel ya lo había dividido en dos volúmenes de agua separados: el mar de Aral del Norte, en Kazajistán, y el mar de Aral del Sur, el más grande, en Uzbekistán. Este último se había subdivido en lóbulos orientales y occidentales, que permanecieron tenuemente conectados en ambos extremos hasta 2009.

A medida que el lago se secaba, la pesca y las comunidades que dependían del mar se derrumbaron. El agua, cada vez más escasa y salada, se contaminó con fertilizantes y pesticidas. El polvo que se levanta del lecho del lago seco transporta partículas químicas y se ha convertido en un peligro para la salud pública de toda la región. La sal ha degradado los cultivos supervivientes, que requieren ser lavados con cada vez mayores volúmenes de agua dulce.

La pérdida de la gran masa lacustre ha afectado también el clima y ha hecho que los inviernos sean aún más fríos y los veranos más secos, señala el artículo publicado por el Observatorio de la Tierra de la NASA.

Los daños de la industria de la moda

El último esfuerzo para salvar algo del lago llegó en 2003. El gobierno de Kazajistán dio a conocer un plan para construir una presa de cemento, el llamado dique Kokaral, que mantendría separadas las dos mitades del Aral. La iniciativa puso freno a la tragedia en el norte, pero aceleró la muerte del sur. Hoy, toda el agua que aporta el Sir Daria se queda en el Aral del Norte.

La dramática sequía de 2014, que ha secado por completo el lóbulo oriental del Aral del Sur, se explica, según Philip Mickling , por la falta de lluvias y nieve en las lejanas montañas del Pamir, donde se forma la cuenca del Amu Daria. Pero a eso hay que añadir que del gran río continúan extrayéndose ingentes cantidades de agua para irrigar los cultivos intensivos de algodón en Uzbekistán.

Para producir el algodón de una camisa son necesarios 2.700 litros de agua

En esta ex república también ex soviética, hoy una dictadura en manos del déspota Islam Karimov, el cultivo de esta planta ocupa casi un millón y medio de hectáreas y representa el 11,3% de las exportaciones del país (2010-2011). En este sentido, la industria de la moda no es para nada ajena a la tragedia del mar de Aral. Se calcula que para producir el algodón de una camisa son necesarios 2.700 litros de agua.

“El algodón convencional (comparado con el ecológico) tiene que ser una de las fibras más insostenibles del mundo”, asegura la diseñadora de moda y ambientalista Katharine Hamnett. “El algodón convencional utiliza enormes cantidades de agua y de pesticidas que causan la muerte de 350.000 agricultores cada año, así como un millón de hospitalizaciones”, denuncia.

“El impacto ambiental de la pérdida del mar de Aral no se conoce todavía, pero sabemos que fue el algodón el que lo destruyó”, afirma Tansy Hoskins, autora de diversos libros sobre temas ambientales. “Un algodón, el de la dictadura uzbeka de Islam Karimov, que es recolectado en condiciones de esclavitud por adultos y niños, para luego viajar a las fábricas de Bangladesh y China, principales proveedores de las marcas europeas y acabar en nuestras tiendas”, remacha.

“Nada de lo que ha está ocurriendo en Asia Central es accidental”, continua Hoskins. “La catástrofe del Aral aporta pruebas irrefutables sobre el daño que la industria de la moda está causando al planeta. Podemos centrarnos en la Semana de la Moda de París o actuar ahora para salvar nuestro mundo, pero ignorar el papel de la industria de la moda en la desaparición del Mar de Aral, es ignorar la destrucción de nuestro planeta”, concluye la periodista.

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