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Medio ambiente
22 de abril de 2018
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Miércoles, 11 de diciembre de 2013
Joaquim M. Pujals
¿Imprimir una hamburguesa?
Dos proyectos que logran fabricar carne en el laboratorio mediante la reproducción de células madre abren las puertas a una revolución en el modo de producir alimentos
Carne creada artificialmente por el equipo de Mark Post / Foto: U. Maastricht Carne creada artificialmente por el equipo de Mark Post / Foto: U. Maastricht
¿Es posible obtener carne sin necesidad de matar a un animal? ¿Puede una impresora en 3D generar una chuleta? ¿Se puede producir una hamburguesa in vitro? Parecen ideas sacadas de un imaginativo guión de ciencia ficción, pero algunos científicos afirman haberlo conseguido ya.

Desde hace años proliferan las empresas que fabrican sucedáneos cárnicos a base de soja, guisantes u otras materias vegetales destinados a proveer de proteínas (y sensaciones gastronómicas) al consumidor vegetariano o vegano del mundo desarrollado. Pero una empresa estadounidense, Modern Meadow, afirma tener ya un refrigerador lleno de piezas de auténtica carne de vaca y cerdo cultivada mediante técnicas de bioingeniería y materializadas por medio de una impresora de última generación.

Mientras, el investigador Mark Post, de la Universidad de Maastricht (Países Bajos) presentó en agosto pasado una hamburguesa generada también mediante procesos biotecnológicos que fue degustada por dos catadores en un acto público en Londres. El veredicto de ambos comensales fue que lo que habían comido “sabía a carne”. Post, profesor de Fisiología Vascular e Ingeniería de Tejidos, reproduce en laboratorio células madre musculares obtenidas de diversas especies animales que crean verdadero tejido muscular en un biorreactor con la aportación de azúcares y otros nutrientes. En su caso, no se utiliza la bioimpresión.

Modern Meadow utiliza impresoras 3D para generar tejidos vivos como los naturales

También el creador de la tecnología aplicada por Modern Meadow, Gabor Forgacs, un físico teórico húngaro que se pasó pronto a la tecnología biológica, se comió una chuleta de cerdo impresa en 3D ante el sorprendido auditorio que le escuchaba en 2011 en el marco de uno de los encuentros TED (siglas de Tecnología, Entretenimiento, Diseño) convocados por esta organización sin ánimo de lucro que trata de apoyar las “ideas dignas de ser difundidas” en todos los campos del saber.

“No es carne sintética. Es carne real, porque está hecha con las mismas células de las que se compone la carne”, afirmó Forgacs, profesor de la Universidad de Misuri, para quien la mejor definición del alimento que ha inventado es “carne in vitro”.

Forgacs fundó en 2007, junto con su hijo Andras, la compañía biotecnológica Organovo, dedicada a la investigación y producción de tejidos humanos para aplicaciones médicas. Y sostiene que producir carne o cuero (otro de los productos que ofrece Modern Meadow) mediante la bioimpresión es mucho más sencillo que regenerar artificialmente órganos, vasos sanguíneos o huesos de nuestro cuerpo, algo que la ciencia ya logró hace unos cuantos años.

El procedimiento ideado por el investigador húngaro se basa en extraer células madre u otros tipos de células especializadas del organismo un animal mediante una incruenta biopsia. Las mismas se aíslan y se introducen en un medio de cultivo que se deposita en una incubadora, donde empiezan a reproducirse. De los millones de células iniciales se pasa en poco tiempo a miles de millones.

Cuando se posee la cantidad suficiente, se las centrifuga y la materia resultante, de una consistencia similar a la de la miel, se introduce en el dispositivo inyector de una impresora 3D, que las extiende en capas sobre una superficie dispuesta a tal efecto. Posteriormente, las células son estimuladas para que produzcan de forma natural colágeno, el elemento que les permite crear estructuras para formar tejidos, y se extienden en finas láminas que se van apilando una sobre otra hasta disponer de piezas cada vez más gruesas.

Evitar el despilfarro

El principio de las impresoras en 3D existe desde hace más de una década y había permitido hasta ahora generar joyas, juguetes, muebles e incluso partes de un arma. Para sus impulsores, esta tecnología revolucionará el actual modelo industrial al permitir a los consumidores fabricar en casa los productos adquiridos en la red, reduciendo las actuales necesidades de transporte y almacenamiento (y su fuerte impacto ambiental).

También se había conseguido ya imprimir tabletas de chocolate. Pero ahora, “estamos imprimiendo un material vivo, las células están vivas durante la impresión”, recuerda Andras Forgacs. La bioimpresión en 3D ya se venía utilizando en aplicaciones médicas: en 2010, Organovo creó con ella por primera vez vasos sanguíneos con las células de un ser humano. Jeremy Mao, de la Universidad de Columbia, implantó un diente en la mandíbula de una rata. Investigadores de la Universidad de Wake Forest de Carolina del Norte han bioimpreso células directamente sobre heridas de la piel en ratones.

Forgacs hijo recuerda que “los productos de origen animal que consumimos son sólo colecciones de tejidos”. Y, de hecho, aquí radica una de las teóricas ventajas del procedimiento: “Actualmente, reproducimos y criamos animales altamente complejos para generar productos formados por tejidos relativamente simples”. La nueva tecnología evita semejante despilfarro de recursos.

Porque la actual ganadería consume ingentes recursos naturales (tierra, alimentos, agua, energía, productos químicos) y genera enormes cantidades de residuos y contaminación. El sistema es muy poco eficiente: hace falta una enorme cantidad de proteínas vegetales para conseguir una, mucho menor de proteínas animales. Y casi 200 litros de agua para producir una hamburguesa.

En 2012 fueron sacrificados 60.000 millones de animales terrestres

A nivel mundial, el sector pecuario ocupa un 33% de la tierra disponible, consume un 8% del agua dulce y genera un 18% de las emisiones de CO2. En conjunto, nuestro actual modelo de producción de alimentos es responsable de más de la mitad de los gases que causan el cambio climático.

Y no hay que dejar de lado el aspecto ético de la cuestión: animales hacinados en las granjas y durante su transporte a sus lugares de cría o mataderos, y un final cruel para sus vidas. Según datos de la FAO, la cantidad de carne consumida por persona en el mundo se duplicó entre 1961 y 2007, y crecerá un 70% más de aquí a 2050. Los estadounidenses consumen la espectacular cifra de 200 kilos por cabeza y año.

Si, en 2012, con una población humana de 7.000 millones de personas, se sacrificaron 60.000 millones de animales terrestres para proveer a la humanidad (sería más adecuado decir “a una parte de la humanidad”) de carne, lácteos, huevos o artículos de piel, Andras Forgacs extrapola que en 2050, con una población estimada por las proyecciones demográficas de la ONU de cerca de 10.000 millones de individuos, será necesario criar y matar a 100.000 millones de animales (sin contar peces y otras formas de vida marina), con un coste ambiental insoportable para el planeta.

Padre e hijo defienden la viabilidad de la producción artificial de carne como una “industria humanitaria, sostenible y en escala”. Similares argumentos están en boca de Mark Post, para quien su tecnología para crear tiras de tejido muscular también será económicamente viable en un futuro no muy lejano aunque, por el momento, los costes en la fase experimental resulten prohibitivos: fabricar una hamburguesa saldría por unos 218.000 euros.

Por ahora, Modern Meadow centrará sus esfuerzos en la producción de cuero, que también ha culminado de forma exitosa, ante la convicción de que la opinión pública será más receptiva por ahora a aceptar un producto de laboratorio para vestir o tapizar muebles que a uno para ponerlo en el plato. “El cuero será la puerta de entrada” de una tecnología que podrá hacer posible, bromean sus impulsores, que un hindú se coma un filete y un vegano, un entrecot.

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