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Medio ambiente
22 de abril de 2018
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Martes, 09 de julio de 2013
Joaquim M. Pujals
Olivos para el mochuelo
Un proyecto recupera zonas de cultivo apropiadas para la pequeña rapaz nocturna, cuya población ha caído un 40% en 15 años
Un ejemplar a punto de ser soltado en la vega del Tajuña / Foto: Brinzal Un ejemplar a punto de ser soltado en la vega del Tajuña / Foto: Brinzal
El mochuelo europeo (Athene noctua vidalii) ha perdido un 40% de su población en la península en tan sólo 15 años debido de manera fundamental a los cambios en el paisaje que ha impuesto la agricultura tecnificada.

La más terrestre por sus hábitos de nuestras rapaces nocturnas, de unos 25 centímetros de longitud, 50 de envergadura, 150 gramos de peso y grandes ojos amarillos, necesita espacios abiertos como las dehesas y los cultivos de secano y le resultan especialmente propicios los olivares (el refrán ya reza Cada mochuelo, a su olivo) dado que no construye nidos y los viejos troncos retorcidos le facilitan abundantes oquedades donde refugiarse.

Pero la sustitución de los cultivos tradicionales ha comportado la eliminación progresiva de linderos, árboles muertos y setos, morada tanto de los mochuelos como de sus presas: en verano, insectos y, en invierno, pequeños mamíferos.

El sobrepastoreo, el uso de productos tóxicos contra las plagas (que las rapaces y otros depredadores ya controlaban de forma natural), los atropellos en las carreteras y la caza ilegal son otros factores que han contribuido a diezmar al mochuelo europeo.

Supresión del hábitat, sobrepastoreo, atropellos y venenos diezman al ave

La asociación Brinzal, dedicada a la protección de las rapaces nocturnas, ha puesto en marcha el proyecto Un mochuelo en cada olivo, cuyo objetivo es recuperar hábitats agrícolas que resulten apropiados para la pequeña ave.

La iniciativa cuenta con el apoyo de la Fundación Biodiversidad del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente y se desarrolla desde 2012 en el sureste de la Comunidad de Madrid, sobre algo más de 300 hectáreas de la vega del Tajuña, un afluente del Jarama, que es a su vez tributario del Tajo.

En el programa se han implicado los ayuntamientos de Morata de Tajuña y Perales de Tajuña, en cuyos términos se ejecuta. En febrero, Brinzal suscribió un acuerdo con el gobierno local de Morata de Tajuña por el que se integraron 250 hectáreas de terrenos municipales en el ámbito del proyecto.

El plan trata de sensibilizar a los agricultores para que ayuden a sobrevivir a la rapaz y a sus presas con acciones tan sencillas como mantener islas de vegetación alrededor de los árboles, evitar el arado excesivo y suprimir el uso de herbicidas, insecticidas y otros venenos.

Hasta el momento se han sumado al proyecto una quincena de propietarios de fincas, explotadas comercialmente o para el autoconsumo, y también seis cooperativas que abastecen de verduras y hortalizas a unas 230 familias. “Ayudar al mochuelo no nos perjudica ni gota: cuantos más depredadores tengamos, mejor. Nos ayudan a controlar a topos y ratones”, asegura Domingo García, productor del aceite de oliva ecológico Oleollano en Morata de Tajuña.

Agricultores concienciados

Se han instalado 300 estacas de madera de 1,5 metros de altura y 5 centímetro de diámetro para que actúen como posaderos donde no los haya naturales. El mochuelo los necesita para acechar desde ellos a los pequeños animales que caza. También se han colocado 43 cajas─nido y se han plantado 180 almendros que, además de proporcionar otra fuente de recursos al agricultor, serán idóneos para guarecer al ave y a sus puestas.

Brinzal ha creado un distintivo que identifica a los agricultores implicados como colaboradores, con el fin de que ofrezcan a sus clientes la protección de los mochuelos como un valor añadido de los productos.

Dos productores de aceite, vino y vinagre ecológicos y cinco cooperativas de consumo ostentan ya el logotipo, que muestra la silueta negra de la rapaz sobre una rama blanca. Además de la etiqueta, los envases van acompañados de un folleto que explica al comprador los objetivos del proyecto.

Se han liberado 38 animales, de los que 11 nacieron en programas de cría en cautividad

La iniciativa de Brinzal busca mejorar los hábitats de las poblaciones ya existentes de mochuelos pero, además, se han reforzado las mismas con ejemplares liberados. A finales de enero de este año se soltaron 25 individuos en Morata de Tajuña. Y a principios de marzo tuvo lugar la suelta de otros 13 ejemplares.

De estos 38 mochuelos liberados, 11 nacieron en programas de cría en cautividad. “El resto proceden de diversos puntos de la Comunidad de Madrid, y nos llegaron para que los atendiéramos de diferentes problemas, principalmente traumatismos”, explica Patricia Orejas, bióloga y coordinadora de la entidad.

Brinzal dispone del único centro de recuperación especializado en rapaces nocturnas de España, que se halla en el parque madrileño de la Casa de Campo y en el que son atendidos anualmente más de 600 de estas aves y un número similar de animales autóctonos de otros tipos.

En el centro se aplican técnicas tan sorprendentes para la rehabilitación como "la acupuntura o la homeopatía”, explica Orejas. También se entrena a las aves jóvenes para que aprendan a escapar de los depredadores y se han construido unos grandes aviarios circulares para potenciar su musculatura con vuelos continuos (en los rectangulares o con otras formas, el animal sólo puede hacer planeos cortos de un extremo al otro).

Íñigo Zuberogoitia, experto en rapaces nocturnas, señala que “el mochuelo no está catalogado todavía como especie amenazada, y es difícil cuantificar su declive”, aunque éste resulta innegable. En el País Vasco, la zona donde trabaja principalmente el biólogo, "su número cayó un 20% entre los años 90 y el 2009”, expone. “Como depende al cien por cien de la conservación del hábitat: cuando éste se altera, se acabó el mochuelo”, afirma con rotundidad.

Precisamente eso es lo que trata de evitar el proyecto de Brinzal, que a sus responsables les encantaría poder extender a otras zonas del país. Pero la falta de recursos obliga a ser realistas, y por ahora habrá que conformarse con seguir oyendo el peculiar maullido del mochuelo en la vega del Tajuña. 

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