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Medio ambiente
15 de julio de 2018
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Jueves, 20 de septiembre de 2012
Joaquim M. Pujals
Las Galápagos mediterráneas

Las Columbretes, un archipiélago volcánico situado a 50 kilómetros del litoral de Castellón, son uno de los secretos mejor guardados del Mediterráneo y un refugio imprescindible para las aves

El guarda Vicent Ferris, en busca de plagas exóticas / Foto: Josep Cano
El guarda Vicent Ferris, en busca de plagas exóticas / Foto: Josep Cano
El guarda se interna entre los arbustos que crecen a los pies del faro, cuyas ramas examina con atención en busca de las pequeñas manchas algodonosas que delatan al invasor. Cuando encuentra una, abre el frasco que lleva en la mano, extrae con dos dedos uno de los minúsculos puntos oscuros que guarda en su interior y lo deposita cuidadosamente junto a su objetivo. Es un nuevo episodio del combate con medios biológicos contra una plaga exótica que amenaza la supervivencia de la vegetación endémica de las Columbretes, un archipiélago de orígen volcánico situado a 50 kilómetros del litoral de Castellón que alberga verdaderas joyas biológicas protegidas por una reserva natural.

Vicente Ferris disemina ejemplares de una especie de mariquita (Rodolia cardinalis) junto a los individuos adultos o los saquitos que guardan los huevos de la cochinilla acanalada (Icerya purchasi) que ataca a los ejemplares de la rara alfalfa arbórea (Medicago citrina) reintroducidos en la Illa Grossa, la mayor de las Columbretes, cuya forma semicircular es la prueba inequívoca de que es la parte emergida de un cráter submarino de 800 metros de diámetro y un millón de años de antigüedad.

Y contemplamos con recelo un proyectil de aviación incrustado en la Ferrera

La cochinilla, una especie procedente de Australia que parasita los cítricos, puede causar la muerte de éstos por dos vías: por una parte, al absorber su savia. Por otra, cuando los hongos que se forman sobre la melaza que excreta cubren las hojas y les impiden realizar su función. Las mariquitas, un fiero depredador también de origen australiano, las devoran con avidez. ¿Se elimina una especie foránea propagando otra? "No, porque las mariquitas sólo se alimentan de cochinillas. Cuando se han acabado, se mueren de hambre y se restablece el equilibrio", nos aclara Ferris, de 57 años, uno de los dos guardas de turno en la reserva natural terrestre. Otros dos cuidan de la reserva marina.

Salimos con uno de ellos, Santiago Sales de 52 años, y con Ferris a navegar por las 5.500 hectáreas de zonas protegidas y en cuyas aguas cristalinas se regeneran los recursos pesqueros ya esquilmados en los alrededores. Los dos técnicos, los más veteranos de las Columbretes, en las que llevan trabajando 20 años, tienen que realizar un recuento de cormoranes. Pasamos junto al Carallot, un fragmento de la chimenea de un volcán alto como un edificio de 10 pisos, bordeamos la Foradada –que debe su nombre al agujero que la perfora– y contemplamos con recelo un proyectil de aviación incrustado en la Ferrera, testimonio de que las Columbretes fueron un campo de tiro militar hispano-norteamericano (por suerte, no llevaban carga explosiva).

Ya de regreso, un objeto a la deriva reclama la atención de los vigilantes. Con gran esfuerzo, suben a bordo de la lancha un palangre de varios kilómetros de longitud abandonado por algún pesquero y que las corrientes han arrastrado hasta el interior del perímetro de la reserva. El método de pesca, que utiliza viejas botellas y garrafas de plástico como elementos flotantes, es un recordatorio de lo vulnerable que es esta zona natural preservada. "Nunca podemos bajar la guardia", se lamenta Sales.

El grupo de islas –cuatro islotes principales y una decena de rocas y escollos– suman apenas diecinueve hectáreas de superficie –14 de ellas concentradas en la Illa Grossa–, pero debido a su aislamiento son uno de los rincones de mayor valor ecológico del litoral mediterráneo español

Asimismo, el archipiélago es una importante zona de descanso para decenas de miles de exhaustas aves migratorias en tránsito entre Europa y África, y también una de las principales áreas de reproducción para dos pájaros en peligro de extinción: la gaviota de Audouin –que hace dos décadas fue la más amenazada del mundo, pero que hoy ya respira, con unas 20.000 parejas– y el raro y bello halcón de Eleonor –que caza aves migratorias y pasa los inviernos en Madagascar y los veranos en la península Ibérica–. Y sus fondos marinos, un verdadero edén para los buceadores, están considerados entre los más ricos en biodiversidad del Mediterráneo.

Con nombre de culebra

El nombre de las islas, sin embargo, hace referencia a un ser ya desaparecido. El mayor de los islotes estuvo habitado por una especie de culebra que fue aniquilada por los primeros pobladores humanos permanentes que se establecieron en la Illa Grossa cuando se construyó el faro a mediados del siglo XIX –hasta entonces sólo era refugio esporádico de pescadores de langostas, cazadores de aves, contrabandistas o piratas–. Sólo el primer día de las obras, mataron a setenta serpientes. Para asegurarse de acabar con ellas, se pegó fuego a toda la isla y se soltaron cerdos para que se las comieran. No se ha vuelto a ver ninguna desde 1886.

La pequeña colonia humana provocó la desaparición de la vegetación autóctona

No sólo no quedó ni una culebra viva, sino que los científicos no han podido encontrar ni el menor vestigio de ellas, lo que les permitiría por lo menos identificarlas: tienen gran curiosidad por descubrir de qué especie eran y deducir de qué se podían alimentar. Los fareros no lograron en cambio erradicar a los escorpiones, de los que sigue habiendo un gran número y que son muy visibles en las noches de verano.

Así, la pequeña colonia humana –que ocupó la isla hasta hasta 1975, cuando se automatizó el faro y el archipiélago pasó a manos militares– provocó la desaparición de la vegetación autóctona de la Illa Grossa y la introducción de diversas especies de plantas y animales –como los conejos– que alteraron el ecosistema. Cuando en 1988, y como respuesta a una amplia movilización ciudadana que pedía su preservación, la Generalitat valenciana declaró las islas reserva natural, uno de los primeros objetivos fue la completa eliminación de los roedores y las demás formas de vida foráneas. 

Sólo se indultó a un invasor: la gran mata de chumberas que crece al borde del camino principal, cerca de los alojamientos de los guardas. Mientras se recuperaba la flora propia de la isla principal, la cactácea proporcionó cobijo y alimento a gran cantidad de pequeñas aves de paso. Y la vieja mata, respetada por su valor casi histórico, sigue cumpliendo con esa labor, aunque se tiene mucho cuidado de que no se extienda a otros rincones del islote.

Afortunadamente, en las inaccesibles Ferrera y Foradada resistió una cantidad suficiente de plantas endémicas como para poder replantar la isla principal. Hoy en día, la Illa Grossa ha recuperado en buena parte su aspecto original y cuando florece el mastuerzo marítimo parece el de un terreno nevado. Las formas de vida propias de la isla vuelven a prosperar –hay mil lagartijas por hectárea– y las aves marinas se reproducen tranquilas en sus acantilados. Definitivamente, las Columbretes han vuelto a la vida.
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