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Medio ambiente
15 de julio de 2018
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Viernes, 10 de agosto de 2012
Cristina Fernández
La ciudad más ecológica
Reikiavik o Malmoe encabezan las clasificaciones mundiales de urbes más sostenibles, mientras la española Vitoria (País Vasco) es la vigente Capital Verde de la Unión Europea
La capital de Islandia, Reikiavik, se abastece totalmente de energías renovables. / Foto: Barbara Helgason La capital de Islandia, Reikiavik, se abastece totalmente de energías renovables. / Foto: Barbara Helgason

¿Cuál es la ciudad más verde del mundo? En los últimos años, la conciencia ambiental ha ido ganando terreno entre los gobernantes y habitantes de la mayor parte de las áreas urbanas del planeta, donde reside más de la mitad de los 7.000 millones de integrantes de la población mundial, pero en las que la ONU prevé que viva hasta el 75% de la humanidad a mediados de siglo.

Así que la responsabilidad de estos inmensos asentamientos humanos en el deterioro del planeta es enorme, y cada vez más ciudadanos de a pie son conscientes de ello. Sean suficientes o no, los gobiernos municipales y metropolitanos toman más medidas dirigidas a sanear su aire y sus aguas, reducir las emisiones de efecto invernadero, controlar el volumen de residuos e incrementar el porcentaje de los valorizables o reciclables, favorecer un modelo de transporte más sostenible o extender sus zonas verdes.

Son acciones que mejoran la calidad de vida de los urbanitas pero que también favorecen al entorno en una escala global. Frente a las gigantescas conurbaciones chinas, indias, africanas o sudamericanas, en las que se concentran en colmenas insalubres millones de emigrantes procedentes de las empobrecidas áreas rurales, en el mundo rico proliferan las iniciativas que persiguen que la población viva en un entorno más habitable y sostenible.

Muy distintas organizaciones, ONG o medios de comunicación han establecido sus oficiosos rankings de ciudades más ecológicas. En casi todas ellas aparece en primer puesto, o al menos en uno de los escalones del podio, la capital islandesa, Reikiavik, a favor de cuyas políticas ambientales juega su pequeño tamaño (apenas alcanza los 120.000 habitantes, un tercio del total de los de la isla).

La ciudad se abastece totalmente de energías renovables, geotermal (Reikiavik significa bahía humeante en islandés) e hidroeléctrica. La calefacción (ciertamente necesaria en un entorno ártico) y la electricidad que consume no provocan emisiones a la atmósfera. Su flota de autobuses utiliza como combustible el hidrógeno y el Ayuntamiento se ha marcado como objetivo convertirla en la capital más limpia del continente.

Tecnología punta

En las listas suele competir por el primer puesto con la localidad de Malmoe, la tercera mayor ciudad de Suecia (283.000 habitantes), situada al sur de la península escandinava. Hace 15 años, sus industrias pesadas en decadencia le habían dejado como legado el mayor índice de paro del país, del 22%, y un entorno altamente degradado.

Desde entonces, apostó por la ecología. Atrajo a empresas de tecnología punta y empezó a levantar edificios de alta eficiencia energética. El nuevo símbolo de la ciudad, el rascacielos Turning Torso (torso giratorio), de 190 metros de altura, funciona enteramente con energías renovables.

Otra ciudad sueca, la capital, Estocolmo (1,3 millones de habitantes), fue elegida en 2010 por la Unión Europea como la primera Capital Verde de Europa, una distinción a la que se presentaron una treintena de urbes del continente.

El premio fue en 2011 para Hamburgo (Alemania) y en 2012 para Vitoria, la capital del País Vasco. En 2013 será Capital Verde Europea Nantes (Francia) y en 2014 ésta pasará el testigo a Copenhague (Dinamarca).

Estocolmo se hizo acreedora al galardón por su abundancia de parques y jardines (el 95% de la población vive a menos de 300 metros de uno), sus programas para mejorar la calidad del aire y las aguas –se levanta sobre un archipiélago–, sus bajos niveles de contaminación acústica y su objetivo de convertirse en 2050 en una ciudad cero emisiones (desde 1990 ha reducido un 25% su consumo de combustibles fósiles).

Su sucesora, Hamburgo, con 1,8 millones de habitantes (que la convierten en la segunda mayor del país) y uno de los puertos más grandes del mundo, destaca por sus acciones para la descontaminación atmosférica: espera lograr que en 2050 sus emisiones sean un 80% inferiores a las de 1990, y camino de ello ya las ha recortado en un 15%. Un eficaz sistema de transporte público ha situado estaciones a un máximo de 300 metros del domicilio de cualquier hamburgués.

La más verde de España

La vigente Capital Verde europea es la española Vitoria, cuyos 240.000 habitantes viven rodeados por un cinturón verde de zonas industriales recuperadas y de bosques y montañas y residen todos ellos a menos de 300 metros de un parque o jardín. La ciudad, además, ha logrado disminuir notablemente sus niveles de contaminación lumínica y de consumo de agua (un terreno en el que se marca como meta alcanzar los 100 litros por persona y día).

Las otras ciudades citadas en todas las clasificaciones mundiales de las más respetuosas con la naturaleza son casi todas americanas: Curitiba (al sur de Brasil), cuyo centro es totalmente peatonal, el transporte público es usado mayoritariamente por sus 1,7 millones de vecinos y las zonas verdes son omnipresentes; Vancouver (suroeste de Canadá, 587.000 habitantes) satisface el 90% de su consumo energético con renovables, tiene 200 parques y ha redactado un plan de sostenibilidad a 100 años vista; Portland (noroeste de los EEUU, 562.000 habitantes) fue la primera del país que consume más energía del planeta en establecer (en 2005) un plan de reducción de su huella de dióxido de carbono.

Sidney (al sureste de Australia, donde es la mayor ciudad del país con 4,3 millones de residentes en su área metropolitana) acogió en 2000 los Juegos Olímpicos más sostenibles (o menos insostenibles) de la historia y fue donde se inició en 2007 el movimiento La Hora del Planeta, que insta anualmente a apagar durante una hora las luces en todo el globo. Situada en un entorno natural privilegiado, ha eliminado las bombillas tradicionales y ha impulsado un sistema para evitar el desperdicio de alimentos.

Aunque todavía no existe un entramado internacional que agrupe a las ciudades verdes, si existe ya uno que asocia a las ciudades lentas. El movimiento de las Slow cities, nacido en Italia en 1999, trata de trasladar al modo de vida urbano el espíritu de la corriente Slow food, que lucha contra la decadencia e insalubridad de los hábitos alimentarios extendidos en el mundo moderno favoreciendo los productos ecológicos y de proximidad y las recetas tradicionales.

Lentas y futuristas

La pequeña población toscana de Chianti, famosa por sus vinos, alumbró un concepto basado en la calidad de vida, la abundancia de zonas verdes y la lucha contra el estrés. Los centros urbanos deben estar cerrados al tráfico rodado, se deben potenciar las energías renovables, el reciclaje y la protección de la biodiversidad, luchar contra el ruido y, por supuesto, la mayor parte de la oferta gastronómica debe ser compatible con los criterios Slow food.

Las también italianas Bra, Positano y Orvieto se sumaron enseguida. Hoy son más de un centenar las poblaciones agrupadas: hay 10 en Alemania, ocho en el Reino Unido, y seis en España y Polonia. Begur y Pals (Girona), Bigastro (Alicante), Lekeitio y Mungia (Vizcaya) y Rubielos de Mora (Teruel) forman también parte de la Red Estatal de Municipios por la Calidad de Vida.

En el terreno de la prospectiva, o tal vez de la ciencia ficción, algunos países han anunciado proyectos de ciudades futuristas de nueva planta totalmente ecológicas. Curiosamente, los dos más espectaculares son impulsados por naciones que destacan por sus políticas nada respetuosas con el medio ambiente: China (cuyos niveles de polución de aire y aguas aterran) y los Emiratos Árabes Unidos (EAU), uno de los mayores derrochadores de energía per cápita del planeta.

El proyecto chino de Dongtan, que debería erigirse en una isla en la desembocadura del Yangtsé de aquí al 2040, prevé que los edificios no superen las ocho plantas (toda una rareza en la China de los rascacielos), que sus tejados estén recubiertos de vegetación con la que se reciclen las aguas grises, que toda la energía consumida sea renovable y que el 80% de los residuos se reciclen. Los vehículos urbanos serán de hidrógeno o eléctricos. Y todo ello para una población de medio millón de personas.

La ciudad de Masdar, en los EAU, debería estar terminada en 2015 y albergar a 50.000 personas y 1.500 empresas. Su entramado de calles al estilo tradicional árabe (incluso estará amurallada) debería permitir a los residentes combatir las tremendas temperaturas de la zona sin el actual dispendio en aire acondicionado. Y el agua provendría de una desalinizadora accionada por energía solar, un recurso del que no está precisamente falta la península Arábiga.

El faraónico proyecto, que incluye la mayor planta de hidrógeno del mundo, está presupuestado en 15.000 millones de euros –buena parte de los cuales se llevará el ubicuo arquitecto británico Norman Foster– y que con toda certeza estarían mejor empleados haciendo más sostenibles los templos del consumismo desenfrenado de los EAU como Dubai o Abu Dhabi.

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