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Medio ambiente
17 de octubre de 2018
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Viernes, 01 de junio de 2012
Joaquim M. Pujals
Un paisaje inalterado

El territorio del río Sénia, frontera natural entre Cataluña, Aragón y la Comunidad Valenciana, reúne la mayor concentración mundial de olivos que se estiman milenarios

El biólogo Romà Senar toma las medidas a uno de los ejemplares / Foto: Josep Cano
El biólogo Romà Senar toma las medidas a uno de los ejemplares / Foto: Josep Cano
Romà Senar ha abrazado literalmente miles de árboles. Tras nueve meses midiendo el perímetro de un tronco tras otro, este biólogo de 30 años identificó la mayor concentración mundial de olivos milenarios en el territorio del río Sénia, donde se encuentran Cataluña, la Comunidad Valenciana y Aragón. Hasta el momento ha censado 4.580 ejemplares cuyo grosor alcanza los 3,5 metros a 1,3 del suelo, medida homologada a través de diversos estudios a partir de la cual se considera que un olivo puede haber alcanzado los 10 siglos de vida.

Por ahora no se han podido utilizar métodos más precisos para establecer la edad de estos venerables árboles. "No se pueden contar los anillos de crecimiento porque la parte central de los troncos suele estar hueca. Se han tomado algunas muestras del interior de una decena de los que creemos más antiguos y se les hará la prueba del carbono-14", explica el biólogo Senar. Los resultados de los análisis se conocerán en septiembre.

Durante los años del desarrollismo otros muchos viejos olivos habían caído

 
El censo realizado por Senar entre 2008 y 2009 fue la primera acción de un proyecto destinado a poner fin al expolio de árboles centenarios que sufría el territorio y preservar los troncos en el lugar donde fueron plantados –algunos, por los romanos o los árabes– por medio de su identificación, estudio y su puesta en valor. La inmensa mayoría (98%) es de la variedad autóctona Farga. Cientos de olivos longevos estaban siendo arrancados desde hacía años para satisfacer la demanda y decorar jardines de empresas, hoteles y mansiones. Los agricultores de la zona se deshacían con gusto de unos ejemplares centenarios de escasa producción que consideraban un estorbo y que querían sustituir por otros más jóvenes y productivos, obteniendo a cambio importes que podían alcanzar varios miles de euros. 

Antes de esta moda, durante los años del desarrollismo, otros muchos viejos olivos habían caído ya para ceder su espacio a hoteles de playa, urbanizaciones costeras o cultivos de otros productos, como los cítricos, que en esta zona tienen su límite más septentrional en la Península Ibérica.

"Hace quince años, este patrimonio era totalmente desconocido por los habitantes de la zona", constata Lluís Porta, de 38 años, uno de los primeros propietarios sumados a la campaña. "Mucha gente de estos pueblos aún no los ha visto nunca", subraya el director del proyecto, Jaume Antich, de 65 años.

Pero gracias a esta iniciativa, ya son numerosos los payeses que se han dado cuenta de su valor. Un veterano agricultor de La Jana, Guillermo Vea, reconoce que ha merecido la pena no haber hecho caso de una persona que fue hace años para comprarlos y llevarlos quién sabe dónde: "Ahora podré dejar estos olivos a mis nietos".

"Se sabía que había muchos, ¡pero no esperábamos encontrar más de 4.000!"

La Mancomunidad de la Taula del Sénia, única organización supramunicipal española que reúne a ayuntamientos de tres autonomías (quince valencianos, nueve catalanes y tres aragoneses, que suman 2.070 quilómetros en los que viven 120.000 personas) tomó cartas en el asunto. El primer paso era identificar el recurso a proteger. Romà Senar recibió el encargo. Armado de cinta métrica, localizador GPS e hipsómetro (aparato que calcula la altura de objetos relacionando la distancia y el ángulo de su punto más alto respecto al suelo) recorrió cientos de fincas en busca de olivos de especial grosor. En el inventario se consignaron además el perímetro de la base, el de la copa, la altura, la variedad, las coordenadas, la altitud de la finca y una colección de fotos de cada ejemplar. Los resultados fueron inesperados: "se sabía que había muchos, ¡pero no esperábamos encontrar más de 4.000!", admite. Para alcanzar esta cifra, calcula que tuvo que medir, uno a uno, "por lo menos el doble".

El registro logró enseguida su principal objetivo: no más de una decena de árboles censados han sido arrancados desde la presentación del documento. Con el estudio en la mano, los municipios y la iniciativa privada local, agrupados en la asociación Territorio del Sénia, diseñaron el proyecto Aceite y Olivos Milenarios, que busca poner en valor estos ejemplares y proteger las variedades de aceitunas autóctonas mediante la comercialización de su aceite y el acondicionamiento de diversos museos naturales que permitan al público descubrirlos.

El proyecto, presentado en 2009, recibió una subvención del entonces Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino (MARM) de 1,23 millones de euros para cuatro años con cargo al Fondo Europeo Agrícola de Desarrollo Rural (FEADER). Asimismo, se obtuvieron 49.000 euros de la Fundación Biodiversidad –adscrita al MARM– para los dos primeros museos en Ulldecona (Tarragona) y La Jana (Castellón).

Hay argumentos de tipo ecológico para proteger estos olivos centenarios

Los museos se han creado en espacios donde se registra una especial acumulación de ejemplares y que cuentan con algunos emblemáticos. En el paraje del Arión, cerca de Ulldecona, crecen 391 olivos milenarios en 76 hectáreas (4,91 por hectárea), pero en una finca concreta, el Fondo de l'Arión, la acondicionada para la visita, se pueden ver 35 ejemplares en 1,3 hectáreas, nada menos que 26,31 por hectárea, la mayor concentración mundial. El segundo museo, en La Jana, se halla en la zona del Pou del Mas, donde se alzan 21 olivos milenarios en algo menos de una hectárea. Frente a los árboles más destacados hay paneles informativos que detallan sus medidas, características y coordenadas. Se está trabajando en un sistema de audioguías para móviles que permitirá la visita por libre. Con estos esfuerzos se pretende impulsar un oleoturismo que atraiga visitantes a imitación del enoturismo que los arrastra hacia La Rioja, la Ribera del Duero o el Priorato.

Por si su antigüedad y belleza no bastaran, hay argumentos de tipo ecológico para proteger estos olivos. Los viejos troncos favorecen la biodiversidad. Musgos, líquenes y hongos prosperan sobre su corteza. Reptiles, insectos y pequeños mamíferos encuentran refugio en sus recovecos. Numerosas aves se alimentan de las aceitunas. Los márgenes de las terrazas están taladrados por guaridas de tejones y conejos. Además, según un trabajo realizado por Júlia Tena, estudiante de Ulldecona, estos árboles almacenan CO2 en una proporción muchísimo mayor que otros cultivos más modernos.

Aunque la productividad de los olivos Farga es baja (por eso ya casi no quedan ejemplares de menos de 100 años), la calidad de su aceite es excepcional: según un estudio realizado por el Institut de Recerca i Tecnologia Agroalimentàries (IRTA) de la Generalitat de Catalunya, el aceite de Farga alcanza una valoración sensorial de ocho puntos sobre una escala de nueve. Y el conjunto de variedades locales logra un promedio de 7,3 puntos.

Se pretende impulsar la venta del aceite de variedades locales en mercados selectos de EE UU, Japón o China

Lluís Porta, el primer propietario que comercializó el aceite milenario en su molino de La Galera (Tarragona), destaca entre sus cualidades que tiene "una vida muy larga, con un excelente equilibrio entre polifenoles y ácidos grasos". Actualmente se comercializan ocho marcas milenarias de otros tantos molinos valencianos y catalanes. Desde un punto de vista cuantitativo, la producción de los olivos milenarios no es significativa. Los árboles dan poco fruto y la recolección tiene que ser totalmente manual. La mejor cosecha desde el inicio del proyecto, la de 2010, permitió comercializar 12.500 botellas de medio litro, apenas una gota en el océano de aceite que producen estas comarcas, entre 10 y 12 millones de litros por campaña. Y este año, la sequía ha rebajado la producción a dos mil botellas.

Su verdadera importancia es simbólica. Es el estandarte de la promoción del territorio. Con este producto de lujo –la botella de medio litro sale a unos 15 euros– se pretende impulsar la venta del aceite de variedades locales en mercados selectos de EE UU, Japón o China, donde se vincula la compra de un producto a la de otro, y colabora con diversos sectores económicos locales. Por supuesto, en la lista están la hostelería y la restauración.

Con este propósito se elaboró una guía gastronómica en la que han participado chefs de la importancia de Carme Ruscalleda (la mujer con más estrellas Michelin del mundo), Paco Roncero y Carles Gaig o el actor Juan Echanove, nombrado embajador del producto. La Fundación Alícia, impulsada por Ferran Adrià y el cardiólogo Valentí Fuster, ha estudiado las características gastronómicas del producto. Asimismo, se invitó a 52 restaurantes de la zona a elaborar un plato que usara el aceite milenario. Los establecimientos se han comprometido a su vez a comprar un número mínimo de botellas al año.

Las dimensiones de algunos de estos olivos dejan con la boca abierta. El más grueso tiene un tronco de 10,20 metros de perímetro, y el más alto alcanza los 14,5 metros (un olivo en estado salvaje puede llegar a los veinte. Si la mayoría son más bajos es porque los agricultores podaban las ramas verticales para recoger más fácilmente el fruto).

El hecho de que haya olivos aquí desde hace tantos siglos ha dado lugar a curiosas mutaciones. Repartidos por todo el territorio hay 10 olivos milenarios de variedad desconocida –como el monumental pulpo de Ulldecona, de 31 metros de perímetro en la base–. La característica más peculiar de estos ocho árboles son las hojas que se pliegan sobre sí mismas de forma helicoidal, toda una rareza a estudiar por los botánicos.
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