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Medio ambiente
22 de septiembre de 2018
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Jueves, 31 de mayo de 2012
Eva Terol
Lista de espera para una vida sencilla

Carrícola, una población valenciana con 94 habitantes, capta nuevos residentes por su modelo de desarrollo ecológico y ajeno a la especulación urbanística y se aleja del peligro de desaparecer

Carrícola se halla en la Vall d'Albaida / Foto: ET Carrícola se halla en la Vall d'Albaida / Foto: ET
Kike Sempere, su compañera Tere y su hija Lucía descubrieron Carrícola por casualidad. Era un día de agosto y regresaban desde Alicante a Valencia, donde la pareja vive y trabaja. Él como fotógrafo, ella diseñando y confeccionando ropa para niños de forma artesanal. "Lo que vimos nos encantó" resume Kike. "¿Cuántos pueblos de menos de un centenar de habitantes conoces que tengan un montón de esculturas al aire libre o que cuenten con un edificio hecho con balas de paja?". 10 días después, decidieron cambiar la ciudad por ese pequeño y encantador municipio rural valenciano, que ha hecho de la cultura bio su nueva seña de identidad.

Los tres confían en instalarse en Carrícola antes del inicio del próximo curso escolar pero, de momento, encabezan la lista de espera para ocupar alguna de las casas vacías o de uso vacacional con las que cuenta el municipio. No son los únicos. Otras dos familias con niños aspiran a vivir y trabajar en este rincón de la Vall d'Albaida (a unos 90 quilómetros al sur de Valencia), donde la agricultura –desde los años 80, con certificación ecológica– es el único medio de vida y donde sólo se han construido 10 viviendas en las últimas cuatro décadas.

En contraste con lo que ha ocurrido en muchas localidades vecinas, en Carrícola no hay polígonos industriales. No hay macrourbanizaciones, ni diseminados salpicados con segundas residencias. No hay humo, ruido, ni demasiados coches. En el Plan General de Ordenación Urbana que se está tramitando no se prevé la creación de suelo industrial, únicamente suelo dotacional para la instalación de empresas de energías renovables, así como la apertura de una nueva calle pegada al casco urbano y en la que se levantaran unas pocas vivivendas de protección oficial con criterios de bioconstrucción.

Ante la amenaza de desaparecer como pueblo, debido al envejecimiento y la pérdida continuada de población desde los años 50, Carrícola apostó por un modelo municipal basado en la articulación de propuestas respetuosas con el medio ambiente y en el fomento de un desarrollo rural ajeno a la especulación urbanística. La fórmula, que lleva aplicándose desde hace varias décadas a través de una gestión local de consejo abierto –con participación directa de todos los vecinos en la toma de decisiones– ha permitido dejar atrás el fantasma de la desparición, con la preservación de un entorno y una identidad propias.

Además de ser pionera de la práctica de la agricultura biológica en España, Carrícola cuenta hoy con un programa de recogida selectiva, casa por casa, de la materia orgánica para transformarla en compost y utilizarlo como fertilizante natural en los campos. Ha empezado a depurar sus aguas residuales mediante un sistema de humedal artificial que se sirve de eneas y lirios amarillos. Dispone de un centro de interpretación medioambiental, la Ametlla de Palla, construido con balas de paja, sede de la Coordinadora Ecologista de la Vall d'Albaida y apadrinado por Odile Rodríguez de la Fuente. Y desde 2010, Año Internacional de la Biodiversidad, 70 esculturas e intervenciones artísticas biodegradables invitan a recorrer su término y a disfrutar de su patrimonio, en un inspirador ejemplo de fusión entre arte y naturaleza.

Con un presupuesto para el 2012 que ronda los 170.000 euros, en el municipio viven hoy 15 niños y son sus padres quienes más celebran contar de nuevo con una farmacia, un consultorio médico, una pequeña tienda, un bar, un hotel restaurante y un servicio de transporte escolar. "El primer día que volvió a pasar el autobús para llevar a los pequeños al colegio, mucha gente se emocionó. Hacía 28 años que eso no pasaba" comenta Raquel Sarrió, madre de tres criaturas, que dejó un puesto de administrativa en Ontinyent y encontró su hábitat en Carrícola.

La casa en la que vive se levanta pared con pared con la que comparten Marta Feliu y Lluc Llorens. Ella creció en Xàtiva, él en Alcoi. Los dos deseaban vivir de la tierra y en contacto con ella. "Apostamos por una vida autosuficiente y al llegar aquí todo resultó muy fácil. Nos ayudaron a encontrar casa y a disponer de bancales semiabandonados donde hemos empezado a cultivar verduras y hortalizas" explica Marta. Suya es la iniciativa de cocer pan en un horno de leña para todo el vecindario y, de Lluc, la propuesta de creación de una asociación de consumidores y productores ecológicos, el Rebost, y la puesta en marcha de un mercado de domingo que aspira a ser referente comarcal.

"Este es el resultado de una labor colectiva que se inició hace mucho tiempo", apunta enérgica la alcaldesa, Susana Cháfer. "La integración es un proceso lento, que requiere mucho tiempo pero, a pesar de los recelos de los más mayores, a todos nos alegra la llegada de gente joven. Ellos vienen en busca de un futuro y, con su presencia, han hecho posible que nosotros dejemos de temer por el nuestro" asegura con una gran sonrisa.
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